Francisco de Miranda en prisión durante el Terror (1793-1794)

El funcionario del Ministerio del Interior francés Luc-Antoine Champagneux consignó por escrito en 1821 la experiencia de su encierro en la prisión parisina de La Force durante el Terror de 1793-1794. En este extracto, Champagneux asienta elocuentemente sus recuerdos de Miranda y da su impresión personal de él como individuo y como militar, a la vez que ofrece detalles conmovedores de la solidaridad existente entre los prisioneros.

Traducción realizada por Javier Arreaza Miranda del texto original en francés que aparece en Supplément aux Notices Historiques sur la Révolution – Mémoires de Madame Roland, Tomo II, pp. 291-302, Badouin Frères Impresores y Editores, París, 1821

Prisión de La Force, hacia 1821

Paris: vista de la Rue St-Antoine con la prisión de La Force como fondo, hacia 1821. Fue una de las cinco cárceles parisinas en las que estuvo preso Miranda entre los años de 1793 y 1796. Compañero de encierro de Miranda, Luc-Antoine Champagneux redactó la narración que aparece en esta página en 1821, año de publicación de este grabado de autor desconocido.

Imagen: Wikipedia

"He nombrado dos veces a Miranda; es el momento de que dé a conocer algunos detalles respecto a este extranjero. Nacido en Perú, a los 42 años este hombre había viajado por el mundo; había recogido en sus recorridos una gran cantidad de conocimientos, incluyendo el de varios idiomas que hablaba con facilidad. Llegado a Francia en la época de la Asamblea Legislativa, planificó establecerse en ella, y comenzó a vincularse con Pétion y otros miembros de su fracción para quienes había traído cartas de recomendación de Inglaterra.

Miranda interesó a su favor a todos los amigos de la libertad al anunciar que tenía la intención de darla a su país, donde dijo que su padre tenía inmensas posesiones. Él se había dirigido primero a la emperatriz de Rusia y luego a Pitt para ganar su apoyo para la empresa que tenía en mente; bien recibido por una y otro, tenía aún mayores esperanzas en la Francia liberada. Los Girondinos, que en ese momento tenían una gran influencia en la política, se comprometieron a ayudar a Miranda, y le dieron, mientras tanto, un comando del ejército. Era la época en que los ejércitos aliados [de Prusia y Austria] estaban entrando en la región de Champagne.

Miranda, nombrado general de división, hizo la campaña de 1792 y el inicio de la de 1793. Él compartió el honor con nuestros generales de expulsar fuera del territorio de Francia los ejércitos prusianos e imperiales [austríacos] y conquistar Bélgica. Recordemos los rumores que se habían extendido con el tiempo en relación a la retirada de los prusianos: muchas personas afirmaron, y esta opinión aún existe en algunas mentes, que podíamos haber hecho prisionero a todo el ejército prusiano incluyendo al propio Rey. Muchas veces le pregunté a Miranda al respecto, él siempre me dijo que la cosa era imposible. Sin embargo, admitió que se hubiera podido hostigar a los prusianos e infligirles en su retirada mayores pérdidas. Pero él no atribuía esta falta a la mala voluntad, sino se refirió únicamente a la estupefacción que produjo en nuestros generales el ver a ese ejército [enemigo] cambiar súbitamente su estado de ejército triunfante al de ejército fugitivo.

Hasta ese momento la fortuna había apoyado a Miranda, pero el mal resultado del bloqueo de Maastricht del que se le acusa, y más aún la pérdida de la batalla de Neerwinden donde Miranda mandaba el ala derecha [Nota: error en el original. En Neerwinden Miranda comandó el ala izquierda], que fue la más maltratada; todo esto, unido a la caída de los Girondinos, le hizo perder favor en la opinión pública. Fue tratado como un cómplice de la traición de Dumouriez, y llevado ante el Tribunal Revolucionario.

Esa monstruosa institución acababa de ser creada y aún conservaba algunas formalidades para la protección de la inocencia y la virtud. El caso de Miranda fue discutido durante once sesiones. El público, que inicialmente observaba con antipatía, con el tiempo terminó por tener el mayor interés por ese general. [El interrogatorio de] cada testigo de la acusación dio siempre lugar a un debate del cual rara vez no salió el acusado honrosamente.

En el plan de defensa que se había trazado, consideró cada testimonio en sí mismo como un pequeño juicio que trataba de ganar antes de proceder a la audiencia de un nuevo testigo.

De este método resultó que no dejó que se acumulara ningún testimonio en su contra mientras fuese posible contradecirlo o refutarlo. [El general] Custine quizá no habría sido condenado si hubiera utilizado esta misma manera de proceder en su juicio: él se remitió a una defensa general de los diversos testimonios presentados en su contra; pero la impresión causada por cada uno se fue añadiendo a las de los siguientes y, repercutiendo unas sobre otras, ya no le fue posible destruir el efecto combinado de ellas ni detener la alteración en los ánimos que las circunstancias revolucionarias hacen siempre tan rápida y violenta. La acusación contra Miranda fracasó, pues, y el honor de ello pertenece tanto a su inteligencia como a lo bien fundado de su causa. Fue absuelto por unanimidad: cada miembro del jurado, cada juez, al emitir su dictamen, agregó un elogio, y este general cuya cabeza era exigida un par de días antes fue llevado triunfalmente en hombros a su casa.

Pero si se las arregló para lavar la afrenta de traición ante el tribunal, no pudo ser exonerado de la misma forma ante la opinión pública del reproche de haber contribuido, por malas maniobras, a la pérdida de la batalla de Neerwinden. Consulté a varios testigos, entre ellos el general Songis, que estaba en la división de Miranda: todos lo culparon de la pérdida de esta batalla. Él ejecutó mal las órdenes de Dumouriez (puede leerse en las Memorias del general detalles que no dejan ninguna duda sobre las faltas de Miranda); no supo movilizar acordemente el ala que comandaba y,  sin los errores que cometió, ese día habría sido uno de los más gloriosos para las armas francesas. En efecto, Dumouriez había derrotado al enemigo en su ala; pero, como la de Miranda había sido derrotada, el comandante en jefe se vio obligado a retirarse. Miranda daba una explicación muy diferente al asunto, pero tengo que admitir que nunca me convenció.

No pudo Miranda disfrutar por largo tiempo la victoria que había obtenido sobre sus enemigos. Se había retirado a una casa de campo, cerca de París, donde fue desplegando ricas colecciones de libros, grabados, pinturas y estatuas que había recogido en sus viajes. Un día se vio de repente rodeado por una comisión armada que la Comuna de París, dirigida entonces por Pâche, había enviado a allanar su casa, y ello por lo siguiente: Miranda había recibido poco antes un buen número de cajas; una vecina fue a denunciarlo alegando que contenían municiones y armas. Estas cajas aún no se habían abierto, la comisión las examinó y, al  encontrar que sólo contenían libros, se retiró sin que hubiera otras consecuencias. Pero ésta no fue la única vez que la calumnia fue puesta en práctica contra Miranda. Un empleado doméstico descontento le denunció una vez más, y esta oportunidad fue tomada para enviar nuevamente a Miranda a las mazmorras. Así fue que le llevaron a [la prisión de] La Force como sospechoso, según la orden emitida por el Comité de Seguridad General.

Una conversación llena de interés, conocimientos muy variados, y su profesión de principios de una virtud austera me hicieron preferir la compañía de Miranda a aquélla de casi todos los demás presos. Decidimos ser vecinos de habitación y todos los días pasábamos un par de horas discutiendo nuestras lecturas, los estudios que nos ocupaban, y a razonar sobre nuestra situación y la de la República.

Los estudios de Miranda giraban sobre todo alrededor de la ciencia de la guerra. Se rodeaba de todos los autores que han escrito sobre el tema, historiadores o teóricos, y puedo decir que nunca he oído a nadie argumentar acerca del asunto con mayor profundidad y solidez.

Pero mientras más se empapaba de los sistemas de ataque y de defensa hasta ahora conocidos, más se hallaba en oposición al método de nuestros generales modernos, que estaban ganando batallas y tomaban ciudades apartándose de las reglas con las que Turenne, Condé, Catinat y muchos otros héroes franceses y extranjeros habían sabido atajar la fortuna y asegurarse la victoria. El éxito de nuestras armas me dio grandes argumentos contra Miranda; él creía haberlos destruido diciendo que estos avances se debían a la casualidad y no serían constantes. Algunos contratiempos que tuvimos parecieron un poco justificar su opinión, pero por suerte más frecuentemente tuve oportunidades de ganarle pues nuestras armas ganaban diez combates por cada derrota sufrida. Aquiles du Châtelet, que a menudo estaba presente en nuestras conversaciones, se volvió juez de nuestros debates: él explicaba el fenómeno de nuestros triunfos por la extraordinaria valentía de nuestros soldados, e incluso por una especie de astucia militar que les atribuía. He visto muchas veces, decía, generales ignorantes dar órdenes para actuar en un sentido, y al buen instinto del soldado llevarlo a desobedecer para tomar el camino que llevó a la victoria.

Lo que Aquiles du Châtelet decía pudo haber sido cierto en algunas ocasiones y sobre todo en la época en la que él integró nuestras fuerzas armadas. No teníamos en ese momento generales con trayectoria a quienes pudiéramos confiar la causa que defendíamos, y entre los nuevos había muy pocos cuya experiencia y talento les calificaran para comandar. Pero como la guerra es un terreno fértil para el aprendizaje, y como quizás no existe pueblo en el mundo que aprenda tan rápidamente en esta materia como el francés, pudimos presenciar cómo nuestros generales se convirtieron en jefes experimentados en una sola campaña.

Interrumpo aquí mis palabras sobre Miranda para dar algunos detalles acerca de Aquiles du Chatelet. Fue llevado a La Force en octubre de 1793 cuando regresaba de la frontera, donde el primer disparo efectuado por los austriacos le había herido el muslo derecho. La herida seguía sangrando y requería cuidado constante. También estaba privado del uso de su mano derecha, que le hacía incapaz de valerse por sí mismo en las diversas necesidades de la vida. Fue por decisión unánime que los presos que ocupaban los apartamentos del secretario y del cirujano, los más cómodos del recinto, le hicieron quedar con ellos: yo era de este grupo, y así tuve el privilegio de conocer de cerca a este hombre interesante. Es con igual placer que veracidad que puedo consignar aquí que Aquiles du Chatelet, uno de los más valientes defensores de la libertad, fue también su amante más idólatra. Estando en cadenas, él nos dio lecciones de republicanismo, y volvió a encender en nuestros corazones el entusiasmo que ardía en el suyo. Amigo sincero de la revolución, depuró su ardor por ella a la llama de la razón y la filosofía. Sus vínculos con Condorcet y otros republicanos como él no pueden dejar ninguna duda sobre sus verdaderos sentimientos. Pero en La Force fue tratado como un conspirador y un traidor. Durante los primeros días de su cautiverio, se había permitido a su criado entrar en la prisión para que se ocupara de sus vendajes: pronto le quitaron estas consideraciones; todos, sin embargo, nos apuramos a procurarle este auxilio, lo cual hicimos como un honor que recibíamos.

Aquiles du Chatelet se entregó por completo al estudio; a pesar de que sabía mucho, siempre estaba ávido de nuevos conocimientos. Familiarizado con una multitud de lenguas muertas y modernas, quiso todavía en la cárcel aprender el griego y su evolución en este estudio fue muy rápido. Hizo llevar una parte de su biblioteca a La Force, no sólo para su uso personal, sino para el de los compañeros de prisión que desearan aprovecharla. Fue para mí un gran recurso en el trabajo con el que me ocupaba.

Pero tuve de Aquiles du Chatelet una ayuda mucho más valiosa. Sabía que Miranda se había procurado un veneno para poder seguir siendo dueño de su destino. Un día en que expresé envidia de su feliz estado, Châtelet, que estaba presente, me comprendió y se comprometió a ayudarme en ello en unos pocos días. De hecho, no tardó en darme una dosis de opio.

Hasta entonces me había visto agitado por una preocupación continua por la suerte que me esperaba; cuando al fin vi mi propio destino en mis manos, respiré y esperé con una tranquilidad verdaderamente inimaginable el último golpe de la tiranía, seguro de poder escaparlo cuando ella creyera dármelo. Así, nada me tomé más a pecho que el esconder este preciado tesoro; nunca me abandonó e incluso hoy en día, cuando las tormentas revolucionarias parecen disipadas, todavía lo guardo con sumo cuidado, tanto para despertar en mí recuerdos que es mejor no olvidar como para mantener en todas las situaciones de mi vida esa mirada tranquila y serena con la que a partir de entonces afronté el futuro.

Quise conocer la mano generosa a quien debíamos ese presente. Aquiles du Chatelet no juzgó apropiado el decírmelo. Yo sospechaba que lo había recibido de su amigo Cabanis.

Aquiles de Châtelet hizo algunos intentos ante los comités de la Convención para obtener  su libertad, o al menos su traslado a un lugar donde pudiera recibir el cuidado que su estado requería con urgencia. Sus esfuerzos fueron inútiles e hicieron aún peor su suerte: a partir de entonces, sufrió más por la impaciencia; la extrema injusticia producía en su alma una extrema desesperación. Sus sufrimientos físicos crecieron a la par de su sufrimiento moral: su salud decaía día a día y exigía cuidados constantes; se dijo a sí mismo que era una carga para nosotros que habíamos asumido el deber de no abandonarle la noche o el día. El horizonte político ensombrecido cada vez más, la esperanza murió en su corazón; deseaba la muerte, y pronto la tuvo a sus órdenes por el mismo medio que me había procurado y que sólo había querido compartir conmigo.

Fue el 20 de marzo de 1794 que llevó a cabo su resolución, sobre las seis de la mañana, mientras que el diputado Chastellain, que había pasado la noche con él, estaba dormitando. Chastellain vino a eso de las ocho y nos dijo que su paciente, después de una noche agitada, descansaba un poco en ese momento: no tenía ni idea de lo que le hacía obtener ese descanso. Fuimos con él, Miranda y yo: al verlo, ambos tuvimos al mismo tiempo la misma sospecha. Nuestras dudas se convirtieron en certeza cuando vimos cerca de su cama una pequeña caja abierta y vacía. No pudimos extraerle ni una palabra. Todavía respiraba, pero no profundamente; en este estado de letargo no daba signo alguno de dolor. Su pulso se fue apagando poco a poco, y lo hizo del todo al mediodía. Aunque lo creíamos muerto, nos opusimos por un día y medio a que se lo llevaran; habría sido demasiado cruel para nosotros mantener la más mínima duda en este sentido.

Ese fue el final de ese valiente y virtuoso militar del que débilmente mi pluma ha bosquejado sus grandes cualidades. Este siglo no era digno de él: sus luces, sus talentos, sus virtudes habrían honrado los mejores días de Atenas y Roma. Le había tomado en prisión mucho afecto a Miranda, y como testimonio le dejó todos los muebles y una gran cantidad de los libros que había hecho traer a La Force. Heredé una edición de Seneca, de Elzèvir, y una colección de autores latinos que escribieron sobre la agricultura. Este regalo me será siempre preciado y valioso; renueva en mí recuerdos que me gusta mantener a pesar de su lado amargo.

Vuelvo a Miranda y a su respeto por los principios de la ciencia militar: de ellos estaba tan lleno, que creo que no habría consentido voluntariamente ganar una batalla o tomar una ciudad en contra de las reglas del arte. Que nadie se imagine, sin embargo, que quiero ridiculizar a un hombre realmente estimable en todos los aspectos. Cuando digo que era esclavo de las reglas, quiero decir que lo era de aquéllas que hicieron de Alejandro y César los conquistadores del mundo, que fijaron la victoria en los carros de tantos héroes antiguos como modernos, y que hacen de ellos modelos para los guerreros de todas las épocas. Creo que Miranda hubiera sobresalido en el arte de la guerra, pero le hacía falta unir un poco más de práctica al gran conocimiento teórico que poseía.

Yo había oído decir cosas tan distintas de la opinión de este extranjero con respecto a Francia, que a menudo dirigí nuestras conversaciones sobre este tema. Siempre me pareció que nos estimaba poco, y que él tenía una preferencia por los ingleses, sobre todo su gobierno, para el cual no escatimaba alabanzas. Yo podía estar seguro de hacer nuestras reuniones muy animadas e incluso de provocar un poco su ira cuando, al discutir cuál de las dos naciones tenía preeminencia, argumentaba que ella le pertenecía a los franceses. Nos la negaba en todos los puntos: encontraba que la forma de gobierno inglesa era preferible a todas las que hasta entonces había gobernado pueblo alguno; que sólo en Inglaterra el hombre disfrutaba en toda su plenitud de la libertad civil; que allá podía, sin riesgo, emitir sus opiniones;  que el gobierno de ese país, omnipotente para hacer el bien, no tenía casi manera de hacer daño; y por último, que la agricultura y el comercio se habían llevado allá a un grado de gloria y prosperidad al que aún no se habían llevado en ninguna otra nación.

En cuanto a la marina británica, no creía que todas las potencias europeas reunidas pudieran luchar contra ella. Preveía que esta superioridad le pertenecería por largo tiempo. Se reía de nuestros esfuerzos por resistirle; había predicho el destino de la flota dirigida por Jambon-Saint-André; se sorprendió de que uno de nuestros barcos se hubiera escapado, y afirmó que el almirante inglés sería enjuiciado por no haber obtenido una victoria completa, y sobre todo por haber perdido el convoy.

Él tenía el  mejor concepto de Pitt, al que situaba entre los más grandes políticos, y le atribuía todos los logros de los británicos en esta guerra. Pero también estimaba mucho a la oposición, y de hecho, durante su estancia en Inglaterra estuvo íntimamente relacionado con Fox, Sheridan, Priestley y otros distinguidos miembros de esa tendencia, con la que seguía  manteniendo relaciones desde Francia. Hablaba con admiración de los héroes que lucharon por la libertad en la parte norte de América: lo que él me dijo sobre los modales y costumbres de sus habitantes, que él mismo había observado, a menudo me hizo compartir su entusiasmo. En general, me di cuenta de que Miranda tenía predilección por los hombres justos y virtuosos, y como afirmaba que la forma de gobierno británica, y aún más la de Estados Unidos, los volvía tales, era natural que él las hallara preferibles a todas las otras.

En razón de lo opuesto, tenía un horror profundo por los hombres que habían tomado el gobierno de Francia. Cuando hablaba de Robespierre, Danton, Collot, Barrère, Billaud y los otros fundadores del régimen revolucionario, su lenguaje se volvía pintoresco de ira e indignación. Si a veces vislumbraba yo un rayo de esperanza o encontraba buenas intenciones en algunas medidas del gobierno, Miranda no podía perdonarme estos sentimientos; me llamaba esclavo complaciente, cómplice de  la tiranía, y me abrumaba con un millar de otros epítetos que no me permitían dudar de su compromiso con la libertad y con los gobiernos que la protegen. Según este estudio continuo que hice del carácter y los principios de Miranda durante nuestro cautiverio, les puedo asegurar que si sus viajes habían enriquecido su mente, ellos no le habían dado país a su corazón; que a pesar de su elogios por los gobiernos británico y estadounidense, él prefería el suelo de Francia, y que aún si se jactaba de sus estadías en Londres y Filadelfia, no habría dejado de vivir entre nosotros si el gobierno no hubiera dado órdenes contra ello."