La sombra de la guillotina


Con la llegada de 1793 comienza un período terrible para Francia y también para Miranda.


El año se inicia con Dumouriez en París, donde trata de influenciar a la Convención sobre aspectos referentes a la conducción de la guerra. En su ausencia y en la del general Valence, Miranda queda ese mes de enero como comandante en jefe de los tres ejércitos franceses que controlan Bélgica y Luxemburgo, desde Amberes hasta la ciudad alemana de Aquisgrán (Aachen).

Examen del Ultimo Luis

"Interrogatorio a Luis el Último" es el sarcástico título de esta estampa que
representa el juicio a Luis XVI en la Convención. La escena ocurre en el lugar
habitual de sesiones, los antiguos picaderos reales, donde Miranda
comparecerá también para defenderse en julio de 1793.

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En la Convención, los revolucionarios más radicales, agrupados alrededor de la facción llamada "de la montaña", han comenzado a ganar espacio frente a la facción de los girondinos, la cual ha disfrutado hasta ese momento de la mayor influencia en la marcha de los acontecimientos; el debilitamiento girondino supondrá graves problemas para Dumouriez, Miranda y demás generales. Las tensiones entre las diversas facciones serán atizadas por las intrigas de actores individuales que buscan hacer avanzar sus propias causas, cuando no sus propias personas. Un ejemplo de ello es la carta atribuída al girondino Brissot que el monarquista exiliado Mallet du Pan publica en Londres y Bruselas ese mismo año de 1793 [1]Reyes Matheus, Xavier: Miranda, más liberal que libertador - El precursor de la Independencia venezolana en el nacimiento de la democracia moderna, p. 101, Editorial CEC S.A., Caracas, 2014 en la que se pone en boca de aquél su preferencia porque sea Miranda quien comande el ejército y no Dumouriez. Imposible saber si tal carta ha verdaderamente salido de la pluma de Brissot, como tampoco las respectivas reacciones de Miranda y Dumouriez a su publicación, pero no puede subestimarse el impacto que la difusión de tales aseveraciones puede causar en un ambiente que la guerra, la crisis económica y la exacerbación de los ánimos en la calle hacen ver como cada vez más riesgoso para sus protagonistas.


Es en ese mismo ambiente de polarización que la Convención se constituye en tribunal y enjuicia a Luis XVI por traición buscando cortar de raíz cualquier posibilidad de restauración de la monarquía; hallado previsiblemente culpable, el rey depuesto es decapitado en París en presencia de una enorme multitud el 21 de enero de 1793, en lo que hoy es la Plaza de la Concordia.


El salto al vacío que representa la ejecución del monarca intensifica el conflicto que se desarrolla entre Francia y el resto de Europa: si la Revolución era ya un precedente preocupante para las casas reales del continente, con la ejecución de Luis XVI pasa a ser una amenaza de muerte a erradicar a toda costa; Inglaterra, España y Holanda pronto se sumarán al esfuerzo de guerra inicialmente sostenido por Austria y Prusia. En el ámbito de la política interior, el ajusticiamiento horroriza también a muchos revolucionarios moderados, e intensifica aún más la competencia por el poder que ya existe entre los diversas bandos.


Ejecución de Luis XVI

Estampa inglesa que representa la ejecución de Luis XVI el 21 de enero de 1793: el regicidio conmociona a toda Europa y es representado a su libre albedrío por grabadistas y diseñadores de todo el continente.

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Tras declarar Francia la guerra a Inglaterra y a Holanda el 1 de febrero de 1793, Dumouriez ordena a Miranda tomar la ciudad holandesa de Maastricht, a orillas del río Mosa. Miranda tiene serias reservas sobre el plan de Dumouriez y así se lo hace saber tanto a él como al ministro de la guerra del momento, Beurnonville, afirmando, no obstante, su obediencia y dejando en claro que pondrá todos los medios a su alcance para cumplir la orden a cabalidad.


En sus comunicaciones hacia Dumouriez y el ministro, Miranda se muestra respetuoso y obediente, pero casi tan firme como lo es hacia sus subordinados. Entre éstos no goza de gran popularidad, un tanto por su ademán más bien altivo, pero sobre todo porque no vacila en aplicar una disciplina severa; en al menos una oportunidad se queja por escrito de no tener guillotina ni verdugo para ajusticiar a los condenados por las cortes marciales. Ese rigor, no obstante, no le impide abogar en su correspondencia por mejores pertrechos para esas mismas tropas, aquejadas por una penuria de "capotes, zapatos, medias" [2]Parra Pérez, Caracciolo: Miranda y la Revolución Francesa, Tomo I, p. 295, Ediciones Culturales del Banco del Caribe, Caracas, 1966 que hace extremadamente penosa su vida diaria.


Al mando de 12 mil hombres, Miranda inicia el asedio de Maastricht el 21 de febrero y lo mantiene hasta el día 27, cuando el avance de un contingente de 40 mil austríacos lo fuerza a levantar el sitio. Probablemente mal informado, Dumouriez ha subestimado la superioridad numérica del enemigo, lo que obliga a Miranda y otros comandantes a realizar retiradas estratégicas. Frente a un enemigo con fuerzas tres veces superiores a las suyas, Miranda mantiene la calma y guarda el orden entre sus soldados, lo que a su vez le permite mantener las pérdidas humanas en un mínimo y salvar su cuantiosa artillería.


La derrota de los franceses es significativa: los generales Valence y La Noue se ven obligados a abandonar, respectivamente, Lieja, importante bastión republicano, y la punta de lanza que los franceses tienen en Aquisgrán contra Prusia y Austria.


En París, la Convención acoge la retirada con críticas y recriminaciones; las acusaciones llueven sobre los generales. La derrota coincide con serias revueltas antirrevolucionarias que ocurren en diversas zonas, de las cuales aquélla que tiene lugar en la región atlántica de La Vendée adquirirá proporciones trágicamente dramáticas. Buscando hacer frente a la grave situación y castigar todo lo que signifique una amenaza interna a su autoridad, la Convención crea, el 10 de marzo de 1793, el Tribunal Criminal Revolucionario; sus fallos sólo incluyen la inocencia o la condena a muerte y no tienen apelación. Es el preludio del período que pasará a la historia con el nombre de El Terror.


Dos días después, el 12 de marzo, Dumouriez manifiesta a Miranda su temor de verse acusado por el mal avance de la guerra, y le pregunta si lo arrestaría en caso de que la Convención le hiciera llegar tal orden. Miranda contesta que, de ser así, sería su deber hacerlo, pero que no le tocaría a él esa responsabilidad pues le correspondería al general Valence, quien le supera en antigüedad.


Plan de situación, Neerwinden

18 de marzo de 1793: plano situacional de Neerwinden


Numéricamente superiores a las fuerzas austríacas, las fuerzas francesas
(en azul), compuestas mayormente de voluntarios, no tienen de lejos el mismo grado de preparación y disciplina, lo que tiene como consecuencia una desbandada general de la cual Dumouriez responsabilizará a Miranda.

 

Imagen: Wargame.ch


A partir de ese momento comienza a producirse una ruptura por cuotas entre los dos hombres que será impulsada en buena parte por la visión diferente que cada cual tiene sobre el proceso francés: Dumouriez no cree ya en la Convención, teme por el curso peligroso que están tomando los acontecimientos y en algún momento se convence de que sería preferible restaurar la monarquía; Miranda guarda, por su parte, una sincera lealtad a su general en jefe, está convencido del valor intrínseco de la república como forma de gobierno, y no tiene razones aún para temer que el curso de los acontecimientos no le sea favorable a la causa republicana.


Sin comunicar nada a su lugarteniente, Dumouriez sopesa la posibilidad de utilizar su ejército no sólo contra los enemigos externos de Francia, sino también contra el enemigo interno que en su opinión gobierna en París. Como paso previo, el general en jefe intentará apuntalar su popularidad a través de una gran victoria militar sobre el enemigo austro-prusiano.


La batalla tendrá lugar contra los austríacos el 18 de marzo de 1793, alrededor del pequeño pueblo belga de Neerwinden, y concluirá con una derrota desastrosa para los franceses. El ejército regular austríaco, profesional y bien equipado, dará rápidamente cuenta de las tropas francesas, que se desbandarán en forma caótica a pesar de la conducta valerosa de muchos soldados y oficiales. Sólo en el ala izquierda dirigida por Miranda morirán alrededor de 2.000 hombres.


Previsiblememte, la debacle es muy mal recibida por la Convención, que, tal como lo había supuesto Dumouriez, inmediatamente quiere hallar a un culpable; el general en jefe se justifica acusando a Miranda a sus espaldas. Aún cuando deja caer sobre él toda la responsabilidad, Dumouriez guarda una noción clara de la valía de Miranda pues, días después, cuando aún guarda en secreto la orden de arresto enviada por la Convención contra su subordinado, le deja entrever la posibilidad de alzarse juntos para restablecer la monarquía. Característicamente, Miranda se rehúsa exponiendo que "un cuarto de hora de arrebatos y locuras por parte de Ud. no me hará abandonar principios a los que he adherido por una experiencia de veinte años de estudios [3]Parra Pérez, Caracciolo: Miranda y la Revolución Francesa, Tomo I, pp. 452-453, Ediciones Culturales del Banco del Caribe, Caracas, 1966." Sólo después de ese intercambio Dumouriez le hará llegar la orden de captura en su contra.


Decisión del Tribunal Revolucionario

A pesar de haber sido declarado totalmente inocente de la debacle de Neerwinden por el Tribunal Criminal Revolucionario el 16 de mayo de 1793, Miranda será objeto de múltiples encarcelamientos tras acusaciones varias que nunca se revelarán ciertas y que lo llevarán a abandonar Francia en 1798.

Imagen de la proclama absolutoria de Miranda cortesía del señor Edgar Piña

Dumouriez se salvará entablando conversaciones con el enemigo austríaco y entregándose al otro bando; no podrá regresar nunca a su país. Después de enfrentar y salir airoso de un juicio en el Tribunal Criminal Revolucionario donde contará con la defensa de Claude François Chaveau-Lagarde -insigne abogado que defenderá, a riesgo propio y sin el mismo éxito, a la reina María Antonieta- y los testimonios de su antiguo criado Andrés Fröhberg y de Thomas Paine, entre muchos otros, Miranda es objeto de persecuciones que lo conducen a encierro durante 18 meses sin haber cometido falta alguna. Se le sospecha de realista y de haber complotado junto a Dumouriez; se le sospecha de ser espía de Inglaterra, y se le sospecha también, irónicamente, por español. Será un período doloroso en el que verá a muchos compañeros de reclusión morir en prisión o partir hacia la guillotina, entre ellos el general Adam-Philippe de Custine, antiguo compañero en el ejército; su hijo Armand también será guillotinado.


Tras ser expulsados de la Convención el 2 de junio de 1793 con toda la facción girondina, sus amigos Pétion y Brissot intentan desesperadas maniobras contra aquélla. Enemigo personal del líder radical Maximilien de Robespierre, que ha asumido de facto el mando de la nación, Brissot es juzgado como contrarrevolucionario y guillotinado; Pétion intenta sin éxito organizar una rebelión y prefiere el suicidio a la guillotina. Serán más de 17 mil las personas que morirán durante los 11 meses que durará el Terror, la inmensa mayoría sin una justicia digna de ese nombre, y más de 300 mil los encarcelados, como Miranda, sobre la base de simples sospechas. "¡Oh, libertad! ¡Qué de crímenes se cometen en tu nombre!" es la frase con la que Madame Roland denuncia la sed de sangre revolucionaria momentos antes de que su propia cabeza le sea cercenada el 8 de noviembre de 1793.

Maximilien de Robespierre

Maximilien de Robespierre

Delphine de Custine

Delphine de Custine

Quatremère de Quincy

Quatremère
de Quincy

Imágenes:
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Existen diversos testimonios de la actitud de Miranda mientras está recluido. Delphine, la hermosa viuda de Armand de Custine -ella será luego su amante y una de las pocas mujeres de las que se enamorará verdaderamente-, le escribe que "no olvidará la sensibilidad que usted mostró por ella y su desventurado esposo en tiempos funestos."


El funcionario Luc-Antoine Champagneux, recluso como él por un tiempo en la prisión de La Force, dirá que "una conversación llena de interés, conocimientos muy variados, y su profesión de principios de una virtud austera me hicieron preferir la compañía de Miranda a aquélla de casi todos los demás presos. Decidimos ser vecinos de habitación y todos los días pasábamos un par de horas discutiendo nuestras lecturas, los estudios que nos ocupaban, y a razonar sobre nuestra situación y la de la República [4]Champagneux, Luc-Antoine: Supplément aux Notices Historiques sur la Révolution – Mémoires de Madame Roland, Tomo II, p. 295, Badouin Frères Impresores y Editores, París, 1821."


Quizás el mejor resumen de su actitud en este tiempo lo provee Helen María Williams: "Miranda se sometió a una prisión de 18 meses, bajo una continua expectativa de muerte, con la fortaleza espiritual que posee en grado eminente. Decidió que no sería llevado a la guillotina, y con ese fin se procuró un veneno. Así preparado, hizo trasladar un considerable número de libros de su biblioteca a su pequeña celda (…). Allí, me contó, intentó olvidar su situación con el estudio de la historia y de la ciencia. Trató de considerarse como el pasajero de un largo viaje que buscaba ocupar el tiempo con la búsqueda de conocimientos, y estaba preparado de igual manera a perecer o a llegar a su destino [5]Williams, Helen Maria: Letters containing a sketch of the Politics of France, Vol. I, p. 250, G.G. & J. Robinson, Londres, 1795."


Finalmente liberado el 15 de enero de 1795, el atribulado general trata de asumir un rol activo en la vida política francesa, sin mucho éxito. Hace publicar un pequeño fascículo titulado Opinión del general Miranda sobre la situación actual de Francia, muy bien argumentado, pero que no parece tener mayor influencia. Más doloroso aún: si bien es conocido y admirado de numerosas personalidades -es en ese entonces que Napoleón Bonaparte comparte con él socialmente y dice que es un Quijote que no está loco; la célebre Madame de Staël le jura amistad eterna [6]Miranda, Francisco de: Archivo del General Miranda, Tomo XIII, Revolución Francesa, p. 238, Editorial Sur-América, Caracas, 1932-, nunca logrará una verdadera tranquilidad y será frecuente objeto de acusaciones infundadas que en su momento le llevarán a esconderse o a escabullirse de la vigilancia impuesta por las autoridades. En total serán cinco las cárceles parisinas en las que se verá preso por períodos diversos sin ninguna razón [7]Henríquez, Gloria: Historia de un Archivo – Francisco de Miranda, Reconstrucción de la Memoria, p. 28, Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2008.


A pesar de que sus sueldos atrasados como general del ejército francés no le serán cancelados nunca, logra vivir por un cierto tiempo en libertad disfrutando de una relativa opulencia -tras visitar su apartamento, lleno de pinturas y obras de arte, el poeta danés Jens Baggesen dice que es digno del gran estadista de la antigua Atenas, Pericles- sin que se sepa concretamente cómo logra financiar este estilo de vida [8]En Miranda y la Revolución Francesa, el historiador Caracciolo Para–Pérez explora ampliamente el tema de las finanzas de Miranda en ese tiempo sin poder llegar a una conclusión cualquiera sobre su origen.. En 1805, diez años más tarde, Miranda todavía reivindica la deuda que con él tiene el Estado francés en el testamento que hace mientras se prepara para partir en lo que será la expedición del Leander.


Prisión de La Force, hacia 1821

Paris: vista de la Rue St-Antoine con la prisión de La Force como fondo, hacia 1821.

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En 1796, su interés en el arte le lleva a sostener, mientras se encuentra nuevamente en la clandestinidad, una animada correspondencia con otro compañero de infortunio, el arqueólogo e historiador del arte Quatremère de Quincy, quien comparte su preocupación por el saqueo de obras realizado por Napoleón en Italia tras su victoriosa campaña de ese año. Quatremère publicará posteriormente esta correspondencia junto a otras en la forma de un polémico libro que será conocido como Cartas a Miranda.


Otra correspondencia, más relevante para lo que serán sus futuros actos, es la que Miranda reanuda con Alexander Hamilton en los Estados Unidos: le confirma su continuo interés en la causa de la libertad de Hispanoamérica.


Meses después, ya en 1797, escribe también a su amigo Turnbull en Londres y le pide comunique al Primer Ministro Pitt (ver Rusos, ingleses, españoles) su decisión de separarse de la vida política francesa, ya que ésta se había convertido en un "sistema abominable" completamente opuesto a aquél que había vislumbrado con entusiasmo cinco años antes. Ansioso de tener noticias de Inglaterra, envía a un conocido a la capital inglesa en representación suya, el cubano o peruano Pedro Antonio Caro, quien se reúne con Turnbull.


Luego de ser objeto de una enésima orden de arresto, Miranda sale de Francia "con peluca, gafas oscuras y pasaporte falso" [9]Reyes Matheus, Xavier: Miranda, más liberal que libertador - El precursor de la Independencia venezolana en el nacimiento de la democracia moderna, p. 119, Editorial CEC S.A., Caracas, 2014 bajo la identidad de Gabriel-Edouard Leroux d’Helander, el 11 de enero de 1798.