Carta del Presidente John Adams a James Lloyd (1815)

En 1815, más de 30 años después del viaje que Miranda hiciera por los Estados Unidos tras su huída de La Habana, el ex-Presidente John Adams escribió en forma de carta el siguiente recuento de esa visita de 1783. Aun cuando no es totalmente exacto desde el punto de vista cronológico (Adams sitúa la llegada de Miranda a Filadelfia durante la guerra de independencia estadounidense y le da un grado de General que éste no tenía en aquel momento), este texto es muy interesante desde el punto de vista de la impresión dejada por el oficial fugitivo en quienes lo trataron durante su estadía.

Transcripción y traducción: Javier Arreaza Miranda

"A  James Lloyd.

Quincy, 6 March, 1815.

Ya que el método no tiene ninguna importancia en mis cartas, voy a apartarme del derrotero que llevaba para hablar del proyecto de independencia de América del Sur de 1798. Como mi punto de vista sobre este tema ha despertado su curiosidad, voy a satisfacerla. A medida que la prudencia y la necesidad de mi misión a Francia se ha visto demostrada de manera convincente por esta historia, le ruego que la lea con paciencia detalladamente.

Durante nuestra guerra revolucionaria, el General Miranda vino a los Estados Unidos, cruzó, si no todos nuestros Estados, al menos un gran número de ellos, fue presentado al General Washington, a sus edecanes, sus secretarios y a todos los gentilhombres de su familia, a los otros generales y sus familias, y a numerosos coroneles. Adquirió la reputación de ser un gran estudioso de los clásicos, un hombre de conocimiento universal, un gran general con el dominio de todas las ciencias militares, lleno de sagacidad, una mente inquisitiva con una insaciable curiosidad. En todas las opiniones que se expresaban se decía que tenía un mejor conocimiento de las familias, de las facciones y las alianzas existentes en los Estados Unidos que ningún hombre que allí viviera; que sabía más sobre los campañas, asedios, batallas y escaramuzas que pudieron haberse producido durante toda la guerra que cualquiera de nuestros oficiales o cualquier político de nuestras asambleas. Su tema de conversación permanente era la independencia de Sudamérica, su inmensa riqueza, sus recursos inagotables, su innumerable población, su impaciencia bajo el yugo de España, y su disposición a quitarse de encima esta dominación española.

Es seguro que él llenó la cabeza de muchos jóvenes oficiales de visiones esplendorosas de riqueza, libre comercio, gobierno republicano, etc, etc, en Sudamérica. Hamilton era uno de sus amigos más íntimos y admiradores más cercanos y el coronel Smith, supongo, era otro.  De Burr no voy a decir nada, porque no sé nada con certeza. De Dayton, voy a decir muy poco. De Wilkinson, nada en absoluto, por el momento. Pero de Winthrop Sargent, Gobernador del Territorio de Mississippi y uno de los más inteligentes de todos ellos, voy a decir que me reconoció, con evidente humillación y tristeza, que era uno de los se habían dejado arrastrar por el entusiasmo de moda y había estado encantado con las ideas de riqueza, gloria y libertad que la independencia de América del Sur representaba. El General Knox fue [también] uno de sus íntimos. Yo nunca había visto a Miranda, y no le he visto todavía. Pero esto fue lo que se expresaba universalmente sobre Miranda entre todos los americanos que conocí en Francia, Holanda e Inglaterra, sin una sola excepción.

Algunos años después de la paz de 1783, Miranda llegó a Inglaterra, y estuvo varias semanas en Londres. Nunca se me acercó y no supe que había estado allí hasta años después. Últimamente he escuchado que su excusa para evitar mi casa era que si era visto allí el embajador español podía ser informado de ello y el [embajador] Marqués del Campo podía solicitar de un tribunal una orden de arresto. Esta excusa puede ser cierta, como lo pueden igualmente ser otras razones que me puedo imaginar, aunque no necesito explicarlas en la actualidad. Pero sí se reunió con el Coronel Smith, secretario de la legación en mi misión a la Corte de St. James; éste era su amigo íntimo, aunque yo no sabía nada, y le convenció de viajar a Holanda, Prusia y Alemania. En este viaje, [Miranda] convenció a Smith de que le prestara dinero en la suma de unas cien guineas para proseguir su viaje a Rusia. Este dinero él después honorablemente y puntualmente devolvió a su benefactor. Después entró al servicio de Francia, comandó ejércitos, fue acusado de traición, juzgado y absuelto honorablemente. Pero pronto se fue a Inglaterra, solicitó audiencia y sostuvo conferencias con el Sr. Pitt y el Sr. King, algunos resultados de las cuales procederé a exponerle. (...)"


Versión original en inglés:


TO JAMES LLOYD.

Quincy, 6 March, 1815.

As method is of no importance in my letters, I will deviate from the course I was in, to speak of the project of the independence of South America in 1798. Since my glances at this subject have excited your curiosity, it shall be gratified. As the prudence and necessity of my mission to France are cogently demonstrated by this history, I pray you to read it with patience in detail.

During our revolutionary war, General Miranda came to the United States, travelled through many, if not all of them, was introduced to General Washington and his aids, secretaries, and all the gentlemen of his family, to the other general officers and their families, and to many of the colonels. 1 He acquired the character of a classical scholar, of a man of universal knowledge, of a great general, and master of all the military sciences, and of great sagacity, an inquisitive mind, and an insatiable curiosity. It was a general opinion and report, that he knew more of the families, parties, and connections in the United States, than any other man in them; that he knew more of every campaign, siege, battle, and skirmish that had ever, occurred in the whole war, than any officer of our army, or any statesman in our councils. His constant topic was the independence of South America, her immense wealth, inexhaustible resources, innumerable population, impatience under the Spanish yoke, and disposition to throw off the dominion of Spain. It is most certain that he filled the heads of many of the young officers \vith brilliant visions of wealth, free trade, republican government, &e., &c., in South America. Hamilton was one of his most intimate friends and confidential admirers, and Colonel Smith, I presume, was another. Of Burr I will say nothing, because I know nothing with certainty. Of Dayton I will say but little. Of Wilkinson, nothing at all, at present. But of Winthrop Sargent, Governor of the Mississippi Territory, and one of the most intelligent of them all, I will say, that he acknowledged to me, with apparent humiliation and grief, that he had been one who had been carried away by the fashionable enthusiasm, and been charmed with the ideas of wealth, glory, and liberty, which the independence of South America exhibited. General Knox was also one of his intimates. I had never seen Miranda, and have never seen him yet. But this was the universal language concerning Miranda, of all the Americans whom I met in France, Holland, and England, without one exception.

Some years after the peace of 1783, Miranda came to England, and was several weeks in.London. He never came near me. I never heard he had been there till years afterwards. I have lately heard, that his apology for avoiding my house was, that if he had been seen there, the Spanish ambassador might have been informed of it, and the Marquis del Campo might have procured from court an order for his arrest. This excuse may be true, and I may and do conjecture other reasons that may be equally true, though I need not explain them at present. But he did meet Colonel Smith, secretary of legation to my commission to the Court of St. James; was intimate with him, though I knew nothing of it, and persuaded him to travel to Holland, Prussia, and Germany. On this journey he persuaded Smith to lend him money to the amount of some hundred guineas to pursue his travels to Russia. The money he afterwards honorably and punctually remitted to his benefactor. He afterwards entered the service of France, commanded armies, was accused of treason, tried, and honorably acquitted. But he soon went over to England, procured audiences and conferences with Mr. Pitt and Mr. King, some of the results of which I shall proceed to state to you. (...)