Una vida normal


Al desembarcar nuevamente en Inglaterra el 11 de enero de 1798, Miranda tiene casi 48 años. Hace 28 que no ve su ciudad natal, es fugitivo de España desde hace 15, y ha pasado los últimos seis en Francia, de los cuales casi dos en prisión.


Desengañado de lo que podía esperar de Francia, vuelve a Londres dispuesto a negociar una vez más con las autoridades británicas, pues éstas le han hecho saber de su interés en conversar nuevamente sobre el futuro de la América española. Miranda puede percibir una cierta urgencia de Londres en el asunto, toda vez que el 16 de enero, sólo un día después de su llegada a esa ciudad, ya está reunido con el Primer Ministro Pitt, aquél que tanto le había decepcionado 6 años atrás (ver Rusos, ingleses, españoles).


Miranda House, Londres

Londres: fachada de la casa situada en el número 58 de la calle Grafton, cerca de Tottenham Court Road. Miranda vive en esta dirección entre 1803 y 1805, y luego
entre 1808 y 1810. Fotografía del autor.

Con esa reunión se abre un nuevo capítulo de su vida. Si bien las discusiones con Pitt y otros altos personeros británicos no llegarán nunca a mayor cosa por las mismas razones geopolíticas que primaron anteriormente, esta nueva etapa le permitirá enfocarse de nuevo sobre la emancipación del continente hispanoamericano, puesta en un segundo plano durante su estadía en Francia, y desarrollar poco a poco nuevos planes para lograrla.


Para apuntalar en lo inmediato su capacidad de negociación frente al Primer Ministro, Miranda se presenta ante Pitt con el texto de un acta, que ha pasado a la historia con el nombre de Acta de París,  en la cual se le nombra junto a Pablo de Olavide, otro hispanoamericano conocido y perseguido por sus ideas liberales, como “Comisario Diputado de las Villas y Provincias de la América Meridional”, y se les autoriza para solicitar la ayuda de Inglaterra y de los Estados Unidos para lograr la independencia del reino español. Según el documento, con toda probabilidad fruto de su imaginación [1]Polanco Alcántara, Tomás: Francisco de Miranda, ¿Ulises, Don Juan o Don Quijote?, 2da edición, p. 147, Ediciones Vencemos, Caracas, 1997, Miranda tiene ahora el peso político que le corresponde a un representante de auténticas fuerzas vivas que estarían trabajando en Hispanoamérica para lograr la independencia y no tan sólo el de un oficial renegado de España.


La estratagema parece funcionar. Pitt se muestra nuevamente interesado en sus planes, al igual que el embajador de Estados Unidos, Rufus King. Este último informa a su gobierno al respecto y Miranda, por su parte, escribe al presidente John Adams presentándole su plan. Adams, que es suegro del coronel Smith, con quien Miranda había viajado por buena parte de Europa (ver El gran viaje), sospecha que detrás de los planes de Miranda están los designios de Pitt, en quien no tiene ninguna confianza, y acoge la misiva en términos despectivos. “Leí todos estos documentos una y otra vez, con gran atención, y mientras más los leía mayor era mi asombro. Después de darles madura consideración, no sabía si debía reír o llorar. Al final, reí y de todo corazón; no lloré, pues demasiado cordial era el desprecio que le tenía al asunto como para llorar por él [2]Adams, John: The Works of John Adams, Second President of the United States, Vol. X, pp. 134-149, Little, Brown & Company, Boston, 1856."


William Pitt El Joven

William Pitt

John Adams

John Adams

Alexander Hamilton

Alexander Hamilton

Imágenes: Wikipedia

El Presidente, cuyo carácter bilioso es bien conocido de sus contemporáneos, tiene una visión sesgada de Suramérica, cuyo pueblo, estima, es "el más ignorante, el más prejuiciado y el más supersticioso de todos los pueblos católicos de la cristiandad." Pero más allá de sus prejuicios, tiene también una clara conciencia del costo político que un fracaso de la expedición representaría para su gobierno: “Siete mil hombres y dos mil caballos hacinados en transportes en la corriente del Golfo, con destino a América del Sur, dos terceras partes de ellos ya muertos, quince días después del desembarco, de la podredumbre, del tifus, la fiebre amarilla o la peste, y sus padres y madres, esposas e hijos, hermanos y hermanas, llorando y lamentando sus pérdidas, y maldiciendo a John Adams como un traidor a su país, y un esclavo sobornado de la Gran Bretaña.”


Adams no contestará la misiva, pero guardará el secreto sobre la propuesta y evitará adrede comunicársela a España para no comprometer a Miranda; años después escribirá sobre él en términos relativamente elogiosos.


Por su parte, Alexander Hamilton y Henry Knox, a quienes Miranda también ha escrito, sólo le dan respuestas esquivas. Hamilton, que lo conmina a ir a Norteamérica, toma sus ideas suficientemente en serio como para contemplar colocarse a sí mismo al mando de un eventual envío de tropas norteamericanas a Sudamérica [3]Chernow, Ron: Alexander Hamilton, The Penguin Press, Nueva York, 2004, pero en un extraño reverso personal luego expresará que lo considera como poco más que un aventurero.


En cuanto a Pitt, Miranda no lo percibe inmediatamente, pero éste sigue usándolo como un instrumento adicional en sus tratos con España y no tiene ningún tipo de compromiso personal con sus ideas. Sus cálculos se rigen exclusivamente por la razón de Estado: si España se une a la Francia revolucionaria, Inglaterra apoyará la independencia de sus colonias; si España se une a ella contra Francia, Inglaterra no intervendrá en sus dominios.


Así, negociar con Pitt y su sucesor momentáneo, Henry Addington, significará para Miranda una espera de 7 años en la que sus movimientos serán estrictamente controlados. Durante esta espera, tendrá, sin embargo, grandes satisfacciones y, no obstante las traiciones de su secretario Louis Dupérou y su emisario Pedro Caro, llevará en Londres una vida que puede llamarse normal, sin amenazas inmediatas de muerte, ni persecuciones, ni guerras ajenas que pelear. En la capital inglesa podrá enfrascarse en la emancipación de Hispanoamérica como mayor preocupación, y las numerosas iniciativas que emprenderá en función de ese objetivo en la década siguiente le conferirán una gran notoriedad.


Bernardo O'Higgins

Bernardo O'Higgins, retrato de autor anónimo presumiblemente realizado en Londres en 1798, año en el que Miranda le imparte lecciones de matemáticas.

O'Higgins guardará hacia el caraqueño una gran veneración, aún en la época en la que será reconocido como Libertador de Chile. Es por su nexo con O'Higgins que a Miranda se le asocia erróneamente con la masonería sudamericana, si bien el chileno no formó parte de ninguna logia que en su tiempo pudiera considerarse como estrictamente masónica.

Imagen: Wikipedia

Su buena relación con el Secretario adjunto de Finanzas de Addington, Nicholas Vansittart, le permite obtener una pensión del gobierno de Su Majestad Británica para subsistir mientras se encuentra en Gran Bretaña. A esta ayuda se le añade el apoyo personal y político que continua recibiendo de los señores Turnbull, Pownall y Vorontsov, lo que le dará una tranquilidad material que le permitirá viajar y recorrer el país anotando en su diario lo que observa, tal como lo ha hecho por todo el continente europeo, y alimentar su pasión por los libros. Hacia 1810 su biblioteca londinense comprenderá 6 mil volúmenes.


Para complementar la ayuda ecómica que recibe para subsistir en Londres, Miranda imparte también lecciones privadas. A fines de 1798, uno de sus alumnos de matemáticas es el joven Bernardo Riquelme, quien guardará por él una gran veneración y pasará a la historia con el nombre de Bernardo O’Higgins, Libertador de Chile.


Un año más tarde, a fines de 1799, recibe inesperadamente una carta de su amigo y antiguo superior en La Habana, Juan Manuel Cagigal, quien le comunica desde España que el Consejo de Indias le ha exonerado de las acusaciones presentadas 18 años atrás luego de su misión en Jamaica (ver Espía y fugitivo). Es una nueva trampa tendida por Madrid en la cual se le reconoce como “fiel Vasallo de S.M. y acreedor a las Reales Gracias en premio y remuneración del mérito contraído en la delicada Comisión que puso a su cuidado el Gobernador Cagigal [4]Miranda, Francisco de: Archivo del General Miranda, Tomo XVI, Negociaciones, pp. 8-15, Editorial Lex, La Habana, 1950.”


Miranda acoge la carta de Cagigal con gran alegría, pero es demasiado tarde para considerar una reconciliación con España. En su respuesta le expresa que, a sus ojos, el hecho de que “la reparación que por tan graves injurias se nos ofrece ahora” sea “la facultad de perseguir los hijos y viudas” de sus antiguos perseguidores sólo prueba “que la situación del hombre de bien en ese País siempre será muy precaria y que el perverso, por lo común, goza impunemente del fruto de sus maldades!”


Home Riggs Popham

Home Riggs Popham

James Barry

James Barry

Dr James Miranda Barry

James Miranda Barry

Imágenes: Wikipedia

En 1800, la idea de organizar una revuelta independentista lo conduce a considerar el desplazarse a Trinidad y, también, a Estados Unidos, como se lo ha sugerido Alexander Hamilton. En preparación, Miranda decide viajar a Francia, gobernada ahora por Napoleón como Primer Cónsul, para resolver asuntos pendientes que tiene allí y recuperar objetos de su propiedad que ha debido dejar atrás luego de su intempestiva salida a inicios de 1798. Su amigo el senador Jean Louis Lanjuinais le obtiene del Primer Cónsul un permiso tácito para regresar bajo la promesa de no llevar a cabo ninguna actividad política, pero la promesa no valdrá nada ante la enemistad que le tiene el muy poderoso ministro de seguridad de Bonaparte, Joseph Fouché, quien tiene un interés romántico en la hermosa Delphine de Custine, amiga y otrora amante de Miranda; Fouché se encargará de que éste sea nuevamente arrestado casi al momento de poner pie en territorio francés. Lanjuinais, la viuda de Pétion (con quien se le ha sospechado siempre un romance), su antigua criada Françoise Pelletier, su otrora defensor Chaveau-Lagarde, y su amigo estadounidense William Stephens Smith le prestarán grandes servicios durante esta penosa estadía de cinco meses, de la que quizás el aspecto más sorprendente es su aparente reconciliación con el Marqués de La Fayette, alguien por quien ha sentido desde siempre la más grande antipatía.


De vuelta en Londres en marzo de 1801, Miranda continua estableciendo relaciones con gran cantidad de personas notables entre quienes se encuentran el capitán Home Riggs Popham, quien comandará en 1806 una expedición británica contra Buenos Aires y Montevideo simultánea a la que realizará Miranda a Venezuela; el escritor William Godwin, viudo de la precursora del feminismo Mary Wollstonecraft, dama a quien Miranda ya había tratado en París en 1795; y el pintor irlandés James Barry, cuya sobrina, Margaret Bulkley, será, con ayuda secreta del sudamericano y otros, la primera mujer médico de Gran Bretaña. Vedada de asistir a la universidad por su condición femenina, la joven Bulkley realizará sus estudios disfrazada de hombre bajo el nombre de James Miranda Barry y será bajo esa identidad masculina que se distinguirá en el ejercicio de su profesión.


Más tarde, Miranda hará también amistad con los filósofos Jeremy Bentham y James Mill. Ambos son figuras importantes de la corriente del utilitarismo, de la cual el hijo de Mill, John Stuart Mill, será el máximo exponente. Asimismo tendrá tratos con la figura central del movimiento abolicionista británico, el parlamentario William Wilberforce, por cuyos esfuerzos el tráfico de esclavos será prohibido en todos los dominios ingleses.


Durante este período londinense Miranda revisará sus ideas en lo referente a la forma de gobierno que  Hispanoamérica debería adoptar una vez emancipada. Antes partidario de un sistema basado en la monarquía parlamentaria británica, su continuo estudio teórico y la observación crítica del funcionamiento o disfuncionamiento de las instituciones políticas en diversos países le llevarán a inclinarse hacia una forma republicana de gobierno en la que la independencia real de los poderes públicos y la participación de la población en la elección de sus representantes y autoridades fuesen los pilares fundamentales, guardando de la estructura administrativa colonial únicamente aquellas instituciones que fueran útiles o culturalmente irremplazables [5]Bohórquez Morán, Carmen: Francisco de Miranda, Précurseur des indépendances de l’Amérique latine, pp. 267-284, Editions L’Harmattan, París, 1998.


Jeremy Bentham

Jeremy Bentham

James Mill

James Mill

Imágenes: Wikipedia

También desde Londres, Miranda mantendrá correspondencia con una variedad de personalidades de diversos países de la América septentrional. Sus corresponsales se hallarán en lugares como Trinidad, Curazao, Guadalupe, Buenos Aires, Cumaná, y entre ellos se hallan el ya mencionado Pedro Caro, quien a su vez tendrá tratos con el revolucionario colombiano Antonio Nariño; el también neogranadino Pedro Fermín de Vargas, con quien había hecho amistad en París; y el venezolano Manuel Gual, refugiado en Trinidad tras el fracaso de la conspiración organizada por él en 1797 en La Guaira, Venezuela, junto a José María España y Juan Bautista Picornell. Lamentablemente para Gual, su correspondencia con Miranda será interceptada por los españoles y morirá envenenado por un agente español en octubre de 1800.


En un plano personal, ese mismo año de 1800, Miranda toma como ama de llaves a la joven Sarah Andrews, a quien llamará Sally. Oriunda del Yorkshire, ella ya es su concubina en 1803, cuando ambos se mudan a la casa de la calle Grafton hoy propiedad del gobierno de Venezuela; ella tiene 29 años y él 53. Será la madre de sus dos hijos conocidos, Leandro, nacido en octubre de 1803, y Francisco, nacido en febrero de 1806.


A pesar de los riesgos que ello implica para su subsistencia y la de sus hijos, Sally exhibirá una devoción total hacia él por el resto de su vida y especialmente durante su expedición independentista a Venezuela en 1806.


Miranda no está con ella al nacer su segundo hijo, Francisco, pues se encuentra en Haití, a bordo del Leander.