Parte del coronel Simón Bolívar al generalísimo Francisco de Miranda del 12 de julio de 1812

Transcripción extraída de Colombeia - Memoria del Mundo, Documentos 1811-1816 (Marqués de Rojas), Documento 357

"Caracas, 12 de julio de 1812.

Mi general:

Lleno de una especie de vergüenza, me tomo la confianza de dirigir á Ud. el adjunto parte, que apenas es una sombra de lo que realmente ha sucedido. Mi cabeza y mi corazón no están para nada. Así suplico á Ud. me permita un intervalo de poquísimos días para ver si logro reponer mi espíritu en su temple ordinario.

Después de haber perdido la mejor plaza del Estado, cómo no he de estar alocado, mi general?

¡De gracia, no me obligue Ud. á verle la cara! Yo no soy culpable, pero soy desgraciado, y basta.

Soy de Ud. con la mayor consideración y respeto su apasionado subdito y amigo que B. S. M.

S. Bolívar.

P. D.— Todavía no han llegado aquí los oficiales que vinieron conmigo.

S. Generalísimo D. Francisco Miranda.

***

Honorable generalísimo:

Cumpliendo con mi deber tengo el honor de haceros una relación circunstanciada de los sucesos desgraciados que han obligado á la plaza de Puerto Cabello á sucumbir.

Hallándome en mi posada a las doce y media de la tarde el día 30 del próximo pasado, llegó apresuradamente el teniente coronel Miguel Carabaño, a darme la noticia de que en el castillo de San Felipe, se oía un ruido extraordinario, y se había levado el puente, según se le acababa de informar por una mujer. Que el coronel Mires había ido inmediatamente a saber la novedad que ocasionaba aquellos movimientos. Aún no había bien llegado al castillo dicho oficial, cuando se le intimó desde lo alto de la fortaleza que se rindiese, o se le haría fuego: a lo cual respondió con la negativa, y revolviéndose hacia el bote que le había conducido allí, se reembarcó y volvió a la plaza.

Inmediatamente después de este acontecimiento empezó el fuego del castillo sobre la ciudad, enarbolando una bandera encarnada, y victoreando a Fernando VII.

Un momento antes de comenzar el fuego había venido a mi casa el comandante del castillo teniente coronel Ramón Aymerich, a quien pregunté qué novedad era aquella que sucedía en el castillo, y me respondió ignorarla: entonces supe que el oficial destacado allí, era el subteniente del batallón de milicias de Aragua, Francisco Fernández Vinony, el cual, de acuerdo ó seducido por los presidiarios y reos de Estado que estaban en aquella fortaleza, se habría sublevado para cooperar con las fuerzas del enemigo. En consecuencia, mandé reunir todas las tropas que se hallaban dentro de la plaza, y al mando del coronel Carabaño, tuvieron orden de cubrir los puestos más avanzados hacia el muelle y la fortaleza del Corito; así lo ejecutaron y rompieron el fuego de artillera y fusilería contra los rebeldes; el que fue suspendido poco tiempo después, por orden mía, con el objeto de mandar al castillo la intimación que consta bajo el № 1 en que se les ofrecía libertad, vida y bienes, a condición de que le entregasen con todos los efectos y demás pertrechos de guerra que en él se hallaban. Me contestó según el Nº 2 que rindiese la plaza; enviase a buscar al C. Domingo Taborda; entregase, ínterin el mando al teniente coronel Carees, y fuese yo personalmente en compañía del coronel Jalón y teniente coronel Carabaño, a concluir aquel convenio en el castillo.

Hice segunda intimación notificando a los sublevados que si no cesaban sus fuegos, y se rendían en el término de una bora, no tendrían después perdón, y serían pasados al filo de la espada: la contestación fue negativa, en los mismos términos que la primera (N° 3).

Repetí tercera intimación (N° 4) que no tuvo contestación alguna, porque los fuegos de ambas partes se cruzaban, y era ya de noche. Viendo la obstinada resistencia de los reos, me determiné á batirlos con todas las fuerzas que estaban a mi mando: para lo cual marchó a la vigía del Solano el capitán Montilla, a revelar al teniente coronel Garcés que la mandaba, con orden de hacer fuego desde allí; pero observando que no alcanzaban, sino por elevación, y sin ningún acierto, juzgue más conveniente hacerlo cesar para ahorrar municiones. Y después de haber tenido una conferencia con Garcés, lo devolví a su destino, por haberlos hallado en mi concepto inocente, y más que todo, porque su popularidad y gran crédito entre la clase de pardos, lo hacían temible si se le hacía el ultraje de quitarle el mando y desconfiar de él como sospechoso; y en este caso no me quedaba recurso alguno para sostener la plaza, pues los únicos que la defendían eran pardos.

El bergantín Zeloso, bajo los fuegos del enemigo, salió del puerto con la mayor bizarría, y, aunque con algún descalabro, lo salvamos. El bergantín Argos se sostuvo por nosotros a pesar de los repetidos cañonazos que le tiraron, y la marinería á nado vino á tierra. El comandante del apostadero, C. Juan Bautista Martinena, fue sorprendido a bordo de su buque y conducido castillo, donde permanece preso con la mayor severidad.

La goleta Venezuela, la tomaron, y llevaron parte de la marinería al castillo. Toda la noche del día 30 hubo un combate el más obstinado de artillería y fusilería entre el castillo y nuestras baterías; éstas estaban cubiertas de nuestras tropas, que se portaron con un valor extraordinario; y en particular el teniente coronel Carabaño y el capitán Granados que fue muerto de un tiro de metralla, como también varios cabos, sargentos y soldados.

La causa que tuvo, según las conjeturas, el subteniente Vinony para vender la fortaleza, fue hallarse quebrado de los fondos de su compañía, por una parte, y la seducción de mando ó riqueza que esperaba este traidor por recompensa de su felonía, luego que los reos de Estado estuviesen en libertad, y su paisano Monteverde se apoderase de la plaza.

Este oficial, indigno de serlo, es un hombre de una conducta detestable, sin honor y sin talento. Yo ignoraba todo esto. El comandante del castillo Ramón Aymerich que vivía con él, es inculpable; además de ser un oficial de honor é inteligencia, es tan prolijo en el cumplimiento de sus deberes, que es dudoso se halle otro alguno tan capaz de gobernar el castillo de San Felipe con el celo y vigilancia que él: este había sido su destino mucho tiempo antes, y lo desempeñaba á toda satisfacción, como es notorio.

En cuanto a haber acopiado en el castillo víveres para subvenir a la manutención de trescientos hombres para tres meses, es claro que nada era más indispensable que esta medida, para en caso que fuese sitiado, como no era imposible en el estado actual de las cosas.

El haber almacenado la mayor parte de la pólvora en dicho castillo, era de igual necesidad, porque en los almacenes que se hallaban fuera de la ciudad no estaba segura, y por esta razón la había mi antecesor transportado a la goleta Dolores, que tampoco presentaba más seguridad; sobre todo, cuando el comandante Martinena me ofició repetidas veces que la pólvora iba a perderse totalmente porque la goleta hacía agua.

El resto de las municiones han tenido siempre sus almacenes en el castillo, como el puesto más seguro y retirado del enemigo.

A las dos de la tarde del mismo día 30 os di el primer parte de este acontecimiento (Nº 5). A las tres de la mañana os di el segundo repitiéndoos lo mismo que en el anterior (Nº 6).

El día l° de julio el enemigo continuó sus descargas de artillería y fusilería contra la ciudad, del modo más terrible y mortífero, causando tantos estragos en las casas y habitantes, que arrebatados éstos de un terror pánico, hombres, mujeres, niños y ancianos, empezaron a abandonar sus hogares, y fueron a refugiarse a los campos distantes.

Dos marineros del bergantín Argos, mandados por nosotros le cortaron los cables, y vararon hacia nuestra costa, con el doble objeto de aprovechar sus pertrechos y cuanto fuese útil, y así evitar que el enemigo se apoderase de él: pero apenas vieron éstos perdida la esperanza de tomarlo, cuando empezaron a cañonearlo con mucha frecuencia; y al cabo de dos horas de hacerle fuego, lograron acertarle una bala roja que incendiándolo lo voló y convirtió en cenizas, produciendo un temblor tan universal en la ciudad, que rompió la mayor parte de los cerrojos de las puertas de las casas, y rindió muchas de ellas: de cinco marineros que estaban extrayendo los efectos del Argos, dos se salvaron y tres perecieron.

El capitán Camejo que se hallaba a la cabeza de 120 hombres en el destacamento del puente del Muerto, se pasó con toda su tropa y oficiales en este día a Valencia, seducido por Rafael Hermoso, oficial de Contaduría, que la noche antes había desertado de la plaza, y fue a llevar al enemigo la noticia del suceso del castillo.

En todo el día 1° estuve combinando la operación única que podía hacernos dueños del castillo, y era la de asaltarlo con 300 hombres, por la parte del Hornabeque que es la más accesible: pero la dificultad de buques menores para transportar los soldados, fue un obstáculo invencible; y no obstante, el entusiasmo que tenían las tropas y los patriotas en aquel momento, no pude aprovecharlo por el indicado inconveniente.

El día 2 los insurgentes siguieron siempre sus tiros de artillería, aunque con menor fuerza que los anteriores; pero el terror que infundió en los habitantes el fuego destructor del castillo, los acobardó de tal modo, que en este día desapareció todo el mundo de la ciudad, no quedando en ella arriba de doscientos hombres de la guarnición, y rarísimos paisanos.

Conociendo la importancia de retener a los habitantes de la ciudad, y contener la deserción de las tropas, tomé desde el principio todas las medidas de precaución que puede dictar la prudencia: primeramente, puse guardias en las puertas de la ciudad; mandé patrullas fuera de ella a recoger los que se refugiaban en los campos: oficié a la municipalidad y justicias para que cooperasen a esta medida, comprometiéndolos fuertemente: rogué a los párrocos exhortasen a sus feligreses para que viniesen al socorro de la patria; más todo inútilmente, porque desde el venerable P. Vicario hasta el más humilde esclavo, todos la abandonaron, y olvidándose de sus sagrados deberes, dejaron aquella ciudad casi en manos de sus enemigos.

Los soldados, afligidos al verse rodeados de peligros, y solos en medio de ruinas, no pensaban más que en escaparse por donde quiera; así es que los que salían en comisión del servicio no volvían, y los que estaban en los destacamentos se marchaban en partidas.

El día 3 no ocurrió novedad particular, excepto la de haber recibido un oficio (N°7) del alcalde de la 1° elección, en que solicitaba una junta para tratar sobre los acontecimientos del día, con el objeto real de comprometerme a capitular con el enemigo, según me insinuó el mismo alcalde y algunos regidores a lo que contesté, que primero sería reducida la ciudad a cenizas, que tomar partido tan ignominioso, añadiendo que jamás había tenido tantas esperanzas de salvar la ciudad, como en aquel momento en que acababa de recibir noticias favorabilísimas del ejército, y que el enemigo había sido batido en Maracay y San Joaquín; y para más apoyar esta ficción, hice publicar un boletín anunciando estas noticias, haciendo salvas de artillería y tocando tambores y pífanos, para elevar de ese modo el espíritu público que se bailaba en abatimiento extremo. Logré un tanto mi designio, y se concibieron por entonces esperanzas de salud.

El día 4 los insurgentes redoblaron sus fuegos para atemorizarnos en aquel mismo día en que ellos esperaban nos atacasen los Corianos; así sucedió por la parte del puente del Muerto, camino de Valencia, en donde estaba un destacamento nuestro de cien hombres a las órdenes del coronel Mires, el cual rechazó al enemigo y persiguió victoriosamente hasta donde estaba su cuerpo de reserva, que reforzado entonces en número muy superior al de los nuestros, obligó al coronel Mires a retirarse al Portachuelo, a distancia de una milla de la ciudad, en donde le mandé detener y esperar socorros de municiones y tropas; en esta acción, la pérdida fue igual de ambas partes, y nuestros soldados se portaron con valor.

Yo mandé en este día aumentar las municiones de boca y guerra de todas las alturas, con el fin de hacer en ellas una obstinada defensa, en el caso extremo de no poder defenderme dentro de la ciudad, como era muy probable, porque ya la guarnición apenas montaba a ciento cuarenta y un hombres (Nº 8), como consta por este documento, porque la defensa que debíamos hacer contra los Corianos era precisamente en la batería de la Princesa, bañada por los fuegos del Castillo, y consiguientemente atacada por la espalda como por el frente.

El mayor inconveniente que presentaba la defensa dentro de la ciudad, era la carencia de agua, que habría sido absoluta, porque los enemigos, apoderándose del río, nos impedirían el tomarla; y no pudiendo recurrir al pozo del castillo, no habría otro partido que rendir la plaza ó morir de sed; pues el expediente de hacer excavaciones para extraer agua, no es adaptable en Puerto Cabello, porque estando la ciudad a nivel del mar, el agua es impotable.

El día 5 el enemigo atacó el destacamento del Palito que estaba al mando del subteniente Cortés, el que fue totalmente derrotado, sin que escapase más que el oficial y cinco soldados sin armas. Esta novedad llenó de consternación a los poquísimos soldados que me quedaban, no menos que a los oficiales de la guarnición, como que se hallaban cercados por todas partes y sin esperanzas. Entonces yo, de acuerdo con los coroneles Mires y Jalón, determiné reunir el mayor número de tropas que fuese posible, y atacar con ellas primero a los enemigos más inmediatos, y después a los que estaban distantes, para evitar así, si era posible, la reunión de sus fuerzas totales en las avenidas de la ciudad, en donde no era posible resistirlos por las razones que tengo expuestas.

El coronel Mires con el coronel Jalón y capitán Montilla tuvieron orden de marchar inmediatamente con doscientos hombres a atacar al enemigo a San Esteban. Allí encontraron un fuerte cuerpo de Corianos compuesto de infantería y caballería, el cual fue atacado por nosotros, pero con tan desgraciado suceso, que a la media hora de combate, sólo pudimos reunir siete hombres, porque los demás fueron muertos, heridos, prisioneros y dispersos, habiendo quedado el coronel Jalón que mandaba la derecha envuelto por los enemigos con el corto número de soldados que le seguía, sin que hayamos podido tener noticia alguna de este benemérito y valeroso oficial, cuya pérdida es bien lamentable y costosa.

Hallándose el coronel Mires en esta cruel posición, tomó el partido de retirarse a la plaza con la guardia que había dejado en el Portachuelo, y por orden mía fue a situarse al frente del Trincherón, en donde había un destacamento de treinta hombres, grande acopio de pertrechos y municiones de boca y guerra, que anticipadamente había hecho almacenar allí para sostenerme en aquel puesto hasta el exterminio, como el más propio para ello, en razón de su fuerte situación y fácil comunicación con el Puerto de Borburata, en donde estaban anclados el bergantín Zeloso, las lanchas cañoneras, y transportes con víveres.

La ciudad quedó reducida a cuarenta hombres de guarnición, y consiguientemente era imposible se sostuviese contra el castillo, guarnecido de doscientos hombres, y los destacamentos Corianos que cubrían ya las avenidas de la plaza. El número de estos destacamentos no es fácil fijarlo porque sus avanzadas fueron las que derrotaron nuestras partidas; mas yo conjeturo que el enemigo no excedería de quinientos hombres.

Las alturas estaban amunicionadas para sostener un sitio de tres meses; sobre todo, la vijía de Solano que es inexpugnable; sus fuegos, es verdad, son poco temibles al enemigo, por ser demasiado fijantes: pero podría servir de padrastro contra la plaza, y favorable a nosotros cuando volvamos a tomar aquella ciudad. El comandante de estas alturas era el teniente coronel Garcés, hombre reputado por un respetable C. y el corifeo de los militares de la clase de pardos, amado de estos y estrechamente ligado con los que se dicen patriotas. Por estas consideraciones, y el saber yo evidentemente que si le despojaba del mando de aquel puesto, se aumentaría el embarazo en que me hallaba para defender la plaza, juzgué prudente continuarlo en él, en lugar de quitárselo. Nada deseaba yo tanto como encerrarme en aquella fortaleza, para sepultarme entre sus ruinas; pero, con qué tropas podría ejecutar resolución tan gloriosa? No las tenía; al contrario estaba rodeado de soldados llenos de pavor, y consiguientemente prontos a la infidencia y deserción. Tampoco era justo que diese el mando a uno de los valerosos oficiales que me sostuvieron hasta el fin; pues habría sido un sacrificio tan cruel, como perjudicial a las armas de Venezuela, por la falta que nos haría cualquiera de ellos.

En la mañana del 5 ya mi situación era tan desesperada que nadie juzgaba pudiese mejorarse; y por esta causa me instaban de todas partes para que tratase de proporcionarme una retirada, aunque sólo fuese para mi persona y la plana mayor (como consta del Nº 9). Sin embargo mi resolución no varió jamás un punto de batirme mientras hubiese un soldado; para esto di orden al mayor de plazas Campos, para que mantuviese el fuego y sostuviese la ciudad hasta el extremo, que yo por mi parte molestaría al enemigo en el campo y ciudad exterior, con las alturas y el Trincherón: su contestación fue la que se halla bajo el N° 10.

El día 6 al amanecer tuve noticia que la ciudad acababa de capitular por el documento (N°11), en que el C. Rafael Martínez oficiaba al comandante de las alturas, para que siguiese la suerte de la ciudad.

En este estado traté de hacer un reconocimiento de la derecha del Trincherón para observar si podría ser atacado por el frente y espalda. Yo fui en persona a hacer este reconocimiento, y aun no había concluido esta operación cuando ya se habían desertado los pocos soldados que cubrían el Trincherón, pues la noche antes, habíamos perdido muchos de ellos. Demás los capitanes Figueroa y Rosales capitularon de cobardes con el enemigo, y entregaron el Fuerte sin consultar a otros jefes superiores que había en él y sus inmediaciones.

El coronel Mires, teniente coronel Carabaño, y Aymerich, capitán Montilla, el comandante de ingenieros capitán Bujanda, mi secretario Ribas y dos oficiales más, se vieron solos y vinieron a la playa de Borburata a embarcarse en el Zeloso, pudiendo por fortuna y a riesgo de nuestra libertad embarcar los pertrechos que teníamos y los víveres que poseíamos, teniendo por desgracia que dejar dos obuses de bronce por falta de quien los condujese á la playa.

En fin, mi general, yo me embarqué con mi plana mayor a las nueve de la mañana abandonado de todo el mundo, y seguido sólo de ocho oficiales que después de haber presentado su pecho a la muerte, y sufrido pacientemente las privaciones más crueles, han vuelto al seno de su patria a contribuir a la salvación del Estado, y a cubrirse de la gloria de vuestras armas.

En cuanto a mí, yo he cumplido con mi deber; y aunque he perdido la plaza de Puerto Cabello, yo soy inculpable, y he salvado mi honor. ¡Ojalá no hubiese salvado mi vida, y la hubiera dejado bajo los escombros de una ciudad que debió ser el último asilo de la libertad y la gloria de Venezuela!

Caracas, 14 de julio de 1.812

Simón Bolívar.

P. D.— Después de habernos embarcado se reunieron sobre cuarenta soldados de Aragua que se hallaban dispersos y se embarcaron en los transportes y lanchas, como también más de doscientos fusiles, municiones de boca y algunos paisanos

S. B.

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Número 1.—

Los reos, oficiales, cabos y soldados que actualmente se hallan sublevados en el Castillo de San Felipe, pueden contar con un perdón absoluto de vida y bienes bajo todas las seguridades que puedan exigir para la evacuación del Castillo, y su marcha adonde tengan a bien y deseen irse; con la condición de que en el término de una hora hayan de entregar dicho Castillo con todos los pertrechos y demás efectos de guerra que haya en él; en inteligencia de que no hacerlo así y continúen en la obstinada hostilidad que pretenden hacernos, serán pasados al filo de la espada irrevocablemente dichos reos y delincuentes. Esta misión no tiene otro objeto que el de salvar la sangre humana que deberá correr si yo empiezo á hacer jugar mis baterías de las Vijías y la Plaza.

Puerto Cabello, junio 30 de 1.812.

Simón Bolívar.

A los individuos que actualmente se hallan en el Castillo de San Felipe.

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Núm. 2.—

El comandante del Castillo de San Felipe, de la plaza de Puerto Cabello, ha hecho enarbolar el pabellón del rey nuestro señor Don Fernando VII, y como sus fieles vasallos prometen defenderlo hasta derramar la última gota de sangre, ha intimado la rendición de la plaza al comandante de ella, inteligenciado que lo demás es una temeridad y querer derramar sangre inútilmente. Pide después de dicha entrega por comandante de la misma plaza al ciudadano Domingo Taborda, despachando inmediatamente á buscarle con un bote; y en el ínterin que venga, que quede por sustituto el ciudadano Faustino Garcés; viniendo para este convenio los comandantes de la plaza, artillería y cuerpo veterano, ciudadanos Simón Bolívar, Diego Jalón y Miguel Carabaño.

Dios guarde á Ud. M. a.—

Castillo de San Felipe, 30 de junio de 1.812.—

Francisco Fernández Vinony.—

Ciudadano comandante de Puerto Cabello, Simón Bolívar.

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Num. 3.—

Todo lo que no sea venir a este castillo los comandantes nombrados en el primer oficio es superfluo tratarse, porque todos los individuos de él están resueltos a perder su vida antes de rendirse, y por lo que respecta a cesar los fuegos, se verificará en el momento que se rinda la plaza ó suspenda los suyos y toda operación militar, y vengan acá los sujetos nombrados.

Dios guarde á Ud. M. a.—

Castillo de San Felipe, 30 de junio de 1.812.—

P. Fernández Vinony.—

Sr. Comandante de la plaza, Simón Bolívar.

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Num. 4.—

Yo cesaré el fuego cuando Uds. capitulen, y entonces les concederé la vida y la libertad.—

Puerto Cabello, 30 de junio de 1.812.—

Simón Bolívar.—

Señor comandante del castillo de San Felipe.

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Num. 5.—

A la una de la tarde se han apoderado del castillo de San Felipe un oficial infidente con la tropa de su mando y todos los reos que allí se encontraban; lian roto un fuego terrible sobre esta ciudad. En el castillo se encuentran 1.700 quintales de pólvora y casi toda la artillería y municiones de esta plaza: ésta padece sumamente, sus casas son derribadas, y yo trato, sin víveres ni municiones, defenderla hasta el extremo. Los marineros de los buques forzosamente han pasado al castillo, y él se hace temible. Espero que a la mayor brevedad me enviéis cuantos recursos estén a vuestro alcance, y que me socorran antes que sea destruido.—

Puerto Cabello, junio 30 de 1.812.—

S. Bolívar.—

Honorable Generalísimo.

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Num. 6.—

H. G.:

Ahora que son las tres de la mañana os repito cómo un oficial indigno de serlo con la guarnición y los presos se han sublevado en el castillo de San Felipe, y han roto un fuego desde la una de la tarde sobre esta plaza: en el castillo están casi todos los víveres y municiones, y sólo hay fuera diez y seis mil cartuchos: la goleta Venezuela y el comandante Martinena han sido apresados, los demás buques se hallan bajo sus fuegos como bajo los míos, y solamente el Zeloso se ha salvado muy estropeado. Debo ser atacado por Monteverde, que ha oído ya los cañonazos; si vos no le atacáis inmediatamente, y lo derrotáis, no sé cómo pueda salvarse esta plaza, pues cuando llegue este parte debe él estar atacándome.—

Puerto Cabello, 30 de junio de 1.812.—

Simón Bolívar.

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Num. 7. —

Conviene a la felicidad de esta ciudad y a nuestro propio honor, el que tengamos una Junta de cabildo el día de hoy para tratar sobre las extraordinarias ocurrencias que ha habido desde el 30 de junio próximo, en cuya inteligencia he mandado citar los miembros de la municipalidad para esta tarde a las tres, debiendo reunirse en la casa del C. Pedro Herrera como más segura de los fuegos que hacen del castillo de San Pelipe, y espero os sirváis asistir á dicha junta, pues debe determinarse el asunto con vuestro acuerdo.—

Dios os guarde ms. As.—

Puerto Cabello, julio 3 de 1.812.—

José Domingo Gonell.—

C. comandante político y militar de esta plaza.

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Num. 8.—

Estado que manifiesta la fuerza con que se halla la cortina de la plaza de Puerto Cabello.

  Ofic. Sarg. Tamb. Cab. Sold. Total
Casa del capitán del puerto… 1 5 6
Artillería… 1 2 8 11
Id. 2° cañon… 1 7 8
Infantería 3er. Punto……            
Cortina de izquierda            
Infantería del Corito            
Artillería            
Id. De la factoría            
Casa de D. Gaspar            
Hospital, punto de la Izqda.            
Artillería            

Señor comandante: Ochenta y un infantes tiene la guarnición de Murallas para adentro.-

Jalón.

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Num. 9.—

P. D. La llegada á este buque de los ciudadanos Carabaño, Monasterios, Herreras, Champaña y otros, me obligó á mandaros ál último á tratar con vos,, sobre el mejor partido que conviniese tomar. Ellos me pintaron vuestra situación sin esperanza, pero vuestro último oficio me anuncia lo contrario, y aunque se los he manifestado, permanecen á bordo.

Dios os guarde.—

Bergantín Zeloso en la boca de Borburata á 5 de julio de 1.812.—

Pedro del Castillo.—

C. comandante de la plaza de Puerto Cabello.

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Num. 10.—

Ahora que son las diez y media de la noche acabo de recibir vuestro oficio y en contestación os digo: que me sostendré cuanto sea posible en la plaza, pero debo advertiros que me hallo con pocas municiones de toda arma. Habiendo recorrido la línea he hallado alguna gente de menos, que creo se habrán ido para el Trincherón en cayucos, como lo ha hecho el comandante de marina. Espero que me comuniquéis con oportunidad cuanto creáis útil para mi conservación, y salvar la tropa que se halla en la plaza.—

Puerto Cabello, julio 5 de 1.812.—

Juan Campos.—

Ciudadano comandante general del Trincherón.

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Num. 11.—

Habiendo tenido en consideración la situación de nuestra plaza, la de haberse separado de ellas las autoridades que en ella se hallaban, como haberse ido al punto del Trincherón, y dejar esta plaza expuesta a perecer sus habitantes, como es probable, en esta consideración se ha capitulado, este pueblo interior, entre varios vecinos de él, con las condiciones de no padecer en esos alguna ni sus personas, intereses, ni empleos: en esta virtud, verá Ud. Arbolado el pabellón del Señor Don Fernando VII: quedo persuadido que Ud. Se agregará a este partido, para lo cual arbolará el mismo pabellón, y de no me contestará lo mismo.—

Dios guarde á Ud. Ms. As.

Plaza interina de Puerto Cabello, 5 de julio de 1.812.

Rafael Martínez.

Sr. Comandante de las Vijías de Puerto Cabello."