Opinión del General Miranda sobre la situación actual de Francia y sobre los remedios adecuados para sus males (1795)

Liberado en enero de 1795 luego de permanecer 18 meses encarcelado durante el Terror bajo una constante amenaza de muerte, Francisco de Miranda intenta retomar un rol activo en la vida política francesa.

En julio de ese año, mientras tienen lugar los debates acerca del nuevo proyecto de constitución que será aprobado en agosto siguiente, Miranda paga a un impresor parisino para publicar un folleto en el que expone sus ideas sobre los objetivos a corto plazo que debe trazarse el Estado francés para consolidar los logros positivos de la revolución, poner fin a sus efectos colaterales negativos y lograr una paz duradera en Europa.

Sobre la base de lo que él ha observado directamente en los sistemas políticos de Inglaterra y Estados Unidos, únicos paises que la practican en ese momento, ilustra los beneficios de la separación de poderes teorizada por Montesquieu cincuenta años antes. También advierte que la paz con el resto de Europa y la estabilidad económica sólo regresarán a Francia cuando se logre establecer un verdadero gobierno cuya fuerza tenga como base la sana libertad de los ciudadanos y el ejercicio del poder por hombres que gocen de instrucción y sentido de justicia. Aboga porque Francia se mantenga dentro de sus fronteras naturales y evite anexar territorios que no le pertenecen y que difícilmente podría gobernar.

Traducción realizada por Javier Arreaza Miranda del texto original en francés del general Miranda que puede ser consultado en forma de facsímil en la página web de la Bibiloteca Nacional de Francia. Las cuatro notas a pie de página insertas son de Miranda. La información entre corchetes [ ] ha sido añadida por el traductor para facilitar la lectura y comprensión. Una traducción alternativa de este texto al castellano puede consultarse en Francisco de Miranda, América espera, pp. 177-186, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1982.

"MIRANDA
SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL DE FRANCIA,
Y SOBRE LOS REMEDIOS ADECUADOS PARA SUS MALES.
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Sed ea animi elatio, quae cernitur in periculis et laboribus, si justitia vacat, pugnatque non pro salute communi,  sed pro suis commodis, in vitio est ; non enim modo id virtutis non est, sed potius immanitatis, omnem humanitatem repellentis.
Cicer. ofl. lib. I, cap. 19.

Este coraje que se demuestra en peligros y obras, es un vicio si la justicia no lo acompaña, si el motivo particular que lo motiva es el interés particular, y no la salvación del país. Lejos de ser una virtud, es una ferocidad que repele todos los sentimientos humanos.


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Grabado carátula panfleto de 1795

La portada de la Opinión del general Miranda sobre la situación actual de Francia contiene uno de los retratos mejor conocidos de Miranda en el que se le representa con el atuendo de los generales de la antigüedad clásica y el gorro frigio, símbolo de la libertad, sobre un paisaje de Amberes; Miranda había culminado exitosamente el asedio francés de la ciudad belga en 1792 y se había destacado por el trato humanitario dado a los vencidos.

El texto será reseñado en la prensa, pero no evitará que Miranda sea visto con desconfianza por las diversas facciones, como lo son muchos otros actores políticos del momento.

Imagen: Archivo del General Miranda

El primer deber de todo buen ciudadano es socorrer al país en peligro. Después de las terribles sacudidas ocasionadas por la atroz tiranía y la anarquía que han sacudido a Francia, la única esperanza que le queda a la mayor parte de la nación y al gran número de amigos que la libertad cuenta entre sus miembros, es la unión esencial de hombres virtuosos e instruidos, los únicos que por su conocimiento y su energía pueden salvarla. Pueda la magnanimidad de aquéllos que, como yo, han sido víctimas del terrorismo hacer que olviden estos ultrajes y, sacrificando sus resentimientos individuales por el interés general, apoyen la libertad tan peligrosamente amenazada.

LA PAZ Y UN GOBIERNO, TAL ES EL OBJETO DE TODOS LOS DESEOS.

GOBIERNO.

Nunca una tal concurrencia de voluntades ha expresado tan fuertemente la necesidad de un pueblo entero.

Los desafortunados eventos de la revolución al menos han producido este bien: que dado que el interés público se ha convertido en el interés más apremiante de todos los miembros de la sociedad, nadie está ajeno a él. Las personas, las propiedades, han estado tan constantemente y tanto expuestas a la violencia pública y privada, que aún los más fríamente egoístas sienten fuertemente la necesidad de una autoridad protectora y que los diferentes poderes que la compongan estén organizados de manera tal que los ciudadanos ya no deban temer la arbitrariedad en su ejercicio.

Básicamente, pedir la paz es querer un gobierno, y viceversa. Las potencias extranjeras no tendrán confianza en nuestros tratados mientras que una facción que sustituya a otra pueda cancelar todo lo que [la primera] haya hecho. Solo mediante una sabia división de poderes se consigue dar estabilidad a un gobierno. Todas las autoridades constituidas se convierten en guardianas unas de otras, ya que todas están interesadas en mantener la constitución en virtud de la cual existen; es por eso que todos [esos poderes] luchan contra cualquiera que pretenda atacar a uno de ellos. Si, por el contrario, todos los poderes se concentran en un solo cuerpo, una parte de este cuerpo siempre se arrogará la autoridad sobre todo el conjunto, y será suficiente para que una facción dirija sus baterías contra esta otra porción soberana de hecho para operar una revolución. El 31 de mayo [abolición del Tribunal criminal revolucionario] y el 9 Termidor [caída de Robespierre] preservaron a la misma Convención Nacional, y sin embargo, ambos cambiaron la cara del Estado. Es porque ambos [eventos] sólo sirvieron para cambiar de manos al poder.

La terrible tiranía de Robespierre y el antiguo Comité de Seguridad Pública se debe únicamente a esta confusión fatal de poderes; y se puede observar que la explosión de brutalidad y asesinatos data del momento en que la Convención, llevando todo su poderío al Comité de Seguridad Pública, hizo enteramente desaparecer la sombra del poder ejecutivo, el cual, aunque subordinado y dependiendo de los caprichos del legislador, todavía representaba una débil barrera. Se aprovecharon entonces del poder judicial que la asamblea había usurpado en una circunstancia ya grave. La Convención, influida por el Comité, dictaba sentencias, o las daba ella misma, y ​​la poca libertad civil y política [que aún había] desapareció así de esta desafortunada tierra.

Seis años de revolución nos dispensan de buscar en la historia de los pueblos los males producidos por la confusión de poderes; hemos sobrepasado en gran medida todos los crímenes y desgracias que los anales del mundo nos han transmitido, y esto precisamente porque la Convención se arrogó una plenitud de poder mayor que la que ningún tirano disfrutó. Todos esos [tiranos] habían sido detenidos por las costumbres, las leyes o las creencias de las personas a quienes esclavizaban. La Convención, por el contrario, queriendo cambiar todo, revolucionarlo todo, no respetó nada, no fue detenida por ningún dique, ni demorada por ningún obstáculo. Lo que no se dobló [ante ella], lo rompió, y a todo aquél que se alzó contra ella, lo fulminó.

«Las leyes eran débiles y los derechos estaban confundidos,
O más bien, el estado ya no existía.» Volt[aire].

La revolución feliz de 9 Termidor [que puso fin a la tiranía de Robespierre] vino a disipar el caos; pero cuando la luz del día nos aclaró la vista, nos alarmó la magnitud de los males y la insuficiencia de los remedios [que constatamos]. Los nexos de la sociedad estaban desplazados, sus vínculos deshechos, la seguridad personal no estaba ya garantizada, ni la propiedad tenía base sólida. Las fuentes de riqueza nacional se habían secado, sus canales obstruidos, desviados o rotos. El estado tomaba todo con una mano y los disipaba con la otra. Tales son los efectos de la tiranía, tal es el resultado de la confusión de poderes.

Para volver a los principios de los que nos hemos tan horriblemente apartado, debemos seguir un curso inverso; y dado que la tiranía se ha arrogado todos los poderes, es necesario que la libertad [como régimen] los divida escrupulosamente y haga imposible a partir de ahora esta monstruosa confusión. Este es el primer paso para la restauración del orden.

Dos condiciones son esenciales para la independencia absoluta de los poderes. La primera, que la fuente de donde emanan sea una; la segunda es que todos ejerzan una supervisión mutua entre ellos. El pueblo no sería soberano si uno de los poderes constituidos que lo representa no emanara inmediatamente de él; y no habría independencia, si uno de ellos fuera el creador del otro. Darle a la legislatura, por ejemplo, el derecho de nombrar miembros del poder ejecutivo, ejercerá sobre ellos una influencia fatal, y la libertad política ya no existirá. Si nombrara a los jueces, influiría en los juicios, y no habría libertad civil. Así, en Inglaterra, donde el poder ejecutivo ejerce una marcada influencia en la legislatura, la libertad política se reduce considerablemente. El poder judicial, aunque elegido por el ejecutivo, es inmune a su influencia fatal, porque el pueblo es quien compone el jurado y los jueces son inamovibles; así que la libertad civil aún no ha recibido casi ningún ataque.

Solo el poder ejecutivo tiene agentes para ejercer las funciones que se le han confiado; por lo tanto, deben ser nominados por él. No siendo de naturaleza delegable las funciones de los otros dos poderes, es esencial que ellos no hagan nominaciones de ningún tipo. Sería absurdo pretender que la legislatura designe a los comisionados de tesorería, ya que la administración de los dineros del Estado, siendo una función puramente administrativa, pertenece por derecho al poder ejecutor, o a los agentes designados por él y bajo su más estricta responsabilidad.

Durante más de un siglo, Inglaterra le ha confiado al poder ejecutivo sin ningún inconveniente el derecho a administrar el dinero de las contribuciones públicas; y aunque la Corona a menudo ha abusado de su lista civil [de funcionarios] para hacerse de criaturas [que la apoyen] en el parlamento, los fondos del Estado, como tales, nunca se han mal administrado. Es también al poder ejecutivo al que los estadounidenses han confiado esta función, y Hamilton, nombrado por el Presidente de los Estados Unidos, ha manifestado ser un ministro no menos honesto que hábil como administrador. Sus operaciones y talentos han restablecido de tal manera el crédito público, que el papel moneda estadounidense, depreciado en el momento de [llegar] la paz hasta el punto de valer solo el diez por ciento, vale desde la [aprobación de la] presente constitución hasta el ciento veintisiete por ciento; un fenómeno que sorprende a todos aquéllos que siempre se detienen en los efectos sin considerar las causas. Además, [la intervención de] un tercer poder solo obstaculizaría innecesariamente la maquinaria [de las finanzas públicas].

Los poderes deben estar bajo control mutuo y contenerse entre sí. Esta supervisión no debe atribuirse a uno de ellos solamente, excluyendo a los otros dos, ya que todos ellos son nombrados por el soberano. La confianza que él ha puesto en todos ellos, siendo igual; ¿por qué deberíamos suponer que uno es infalible y corruptible, y los otros dos están sujetos a error y corrupción? Tal es, sin embargo, el sistema de quienes hacen que el cuerpo legislativo sea el supervisor nacido del ejecutivo, y que no le otorgan ningún derecho de inspección sobre el legislativo. Por lo tanto, se olvida que los tres poderes son como centinelas avanzados para velar por la seguridad del Estado, y que si uno de ellos se aparta de sus funciones, el deber de los otros dos es alertar, para que, una vez advertido, el pueblo informado obre por su salvación. No es probable que tres poderes independientes y celosos se coordinen alguna vez para traicionar los intereses del soberano; y es sobre esta probabilidad moral que la seguridad del ciudadano se funda con respecto a las libertades civil y política.

Sin duda, un legislador es inviolable en lo que refiere a sus opiniones. No habría libertad en una nación, donde un miembro de la legislatura pueda ser perseguido por lo que dijo o escribió en el ejercicio de sus funciones.

Pero, ¿se sigue de esto que el poder ejecutivo no debe denunciar ante todo el pueblo las iniciativas del cuerpo legislativo que usurpen las funciones de ejecución y comprometan la libertad política [?]. No lo creo, y es difícil defender esta extraña teoría.

La fuerza del poder ejecutivo debe ser fundamentada en razón directa de la libertad de las personas y del número de ciudadanos. Todos los [pensadores] políticos han acordado que cuanto mayor sea la población de una nación, más fuerza debe tener el poder [encargado] de hacer cumplir las leyes; pero no vieron la necesidad de darle más vigor, ya que los ciudadanos disfrutaban de una mayor libertad en el ejercicio de su libertad. Sin embargo, hay una verdad evidente a saber: que la actividad de los hombres aumenta como efecto de su libertad civil, y que, en consecuencia, se necesita un mayor complemento de fuerzas represivas para evitar sus desviaciones. Entre las personas libres, el ciudadano actúa enérgicamente por sí mismo; él puede hacer cualquier cosa que no viole los derechos de los demás; por eso es necesaria una gran fuerza de represión, para que nunca exceda esta barrera.

Francia, que desea ser la república más libre y más numerosa que haya existido, debe recibir el gobierno más fuerte y más firme, si no queremos que sea derrocado por la acción destructiva que el pueblo continuamente ejercerá sobre él.

De esta verdad se desprende que el poder ejecutivo de la República Francesa no puede estar compuesto por un gran número de miembros; porque, como Rousseau ha señalado: la fuerza de cualquier gobierno existe en razón inversa al número de gobernantes. Para responder a aquellos que creen en la necesidad indispensable de talentos extraordinarios en las personas a cargo de esta importante función, observaremos aquí que no es tanto el genio y los talentos eminentes que uno debe considerar como las cualidades más esenciales de los miembros del poder ejecutivo, sino sabiduría y justicia. El Presidente de los Estados Unidos de América [George Washington], a quien conozco personalmente, no se ha ganado la confianza de sus conciudadanos por cualidades brillantes que él no tiene, sino por la corrección de su mente y la rectitud de sus intenciones. Es esta corrección la que le ha dictado la elección de los cooperadores más hábiles e ilustrados que tan eficazmente han servido para consolidar la libertad y la felicidad de su país.

Uno o dos hombres buenos a la cabeza del poder ejecutivo, que desearan ardientemente la felicidad de la nación, y que se rodearan de seis ministros que compartan los talentos y el genio, tendrían todo lo necesario para ejercer sus funciones y cooperar eficazmente con el sólido establecimiento de la libertad y la felicidad de los franceses.

Tampoco debe una sola rama de representación tener exclusivamente la iniciativa en las leyes, y la otra se debe privar de ella. Si realmente quisiéramos adoptar dicho sistema, sería más bien al Senado o al Consejo de Ancianos, que deberíamos otorgar esta prerrogativa, como un cuerpo más maduro por la experiencia de los asuntos y la educación, que la cámara o el consejo de cinco años [hay en el texto original un error tipográfico; Miranda se refiere con toda seguridad al Consejo de los Quinientos, la cámara parlamentaria prevista en el proyecto de constitución francesa que se debate en ese momento, un tercio del cual se renovaba cada año], a quien uno no supone todas estas cualidades. En Atenas, solo el Senado propuso las leyes, y la asamblea del pueblo las adoptó o las rechazó.

En Estados Unidos, el Senado goza de los mismos derechos que la Cámara de Representantes, que, a imitación de la Cámara de los Comunes [británica], tiene el derecho exclusivo de proponer letras de cambio o leyes sobre contribuciones. Sin embargo, esta excelente excepción en un gobierno mixto, como el de Inglaterra, parece superfluo en una República democrática como los Estados Unidos, donde no hay que temer los recargos que un cuerpo aristocrático pueda imponerle al pueblo. Por lo tanto, me parece mucho más acorde con los principios de democracia que estas dos cámaras representan, y con la utilidad que debe derivarse de la concepción general de las leyes, que tengan el derecho recíproco de proponerlas o sancionarlas mutuamente.(1)

(1) Nos sorprendió, navegando por el título referente a al estado de los ciudadanos en el proyecto de constitución, que el servicio en [las fuerzas armadas de] tierra o mar de la República no es suficiente para dar a la ciudadanía a un extranjero, mientras que cualquier hombre que haya vivido siete años en suelo francés, se convierte en ciudadano, sin que se le exija ningún servicio. Sin embargo, si se puede dar una prueba clara e innegable de apego a la causa de la libertad, es la de tomar espontáneamente las armas en su defensa; y eso es lo que hace el extranjero que lucha por la República. Si un nacional que ha servido en el ejército está exento de todas los otros requisitos necesarios para ser ciudadano francés, con cuánta más razón dicha disposición debe aplicarse a los que se dediquen voluntariamente a un servicio al que el natural del país está obligado? Inglaterra, de todos los países libres el más avaro en la concesión de la naturalización, la otorga, sin embargo, a cualquier extranjero que sirva por tres años en los escuadrones de mar, o por sólo dos años en su ejército colonial, incluso en tiempo de paz. Las leyes rechazan este derecho de cualquier otra forma, a menos que haya un proyecto de ley de naturalización especial. Digest. Ing. Vol. II, pp. 239-240. Lond. 1791.


PAZ.

La confianza que las potencias extranjeras tendrán en nuestro nuevo gobierno será el mejor medio de abrir conferencias que finalmente den paz a Europa y tranquilidad al Estado. Pero debemos apresurarnos a proclamar altamente los principios de moderación y justicia que de ahora en adelante guiarán a la nación francesa en el ejercicio de su libertad. La justicia fortalece a los estados; una alianza se forma naturalmente contra las naciones usurpadoras, ya que los ciudadanos del mismo país se unen contra quien quiere robarles sus derechos. La gloria de las conquistas no es digna de una República fundada en el debido respeto a los derechos del hombre y a las máximas sublimes de la filosofía. Los [constructores de imperios como] César, los Alejandro [Magno] y sus emuladores son allí ciudadanos peligrosos. El filósofo pacífico, el magistrado honesto son hombres mucho más necesarios para ella, porque la sirven en todo momento.

La extensión de Francia le brinda medios más que suficientes para defender su libertad e independencia. Nuevas adquisiciones [territoriales] solo aumentarían los problemas del gobierno, que ya es muy complicado, en un país tan vasto y que quiere una forma democrática de gobierno.(1) Ellos alentarían en contra de él, sin ningún beneficio, los celos de todos sus vecinos.

(1) La verdadera gloria de un pueblo libre consiste en su felicidad y seguridad, y no en la vana gloria de las conquistas. Esto es lo que dice Rousseau al respecto.
"¡Tamaño de las naciones! ¡Extensión de los Estados! Primera y principal fuente de las desgracias de la raza humana y, sobre todo, de innumerables calamidades que socavan y destruyen a los pueblos civilizados. Casi todos los estados pequeños, repúblicas y monarquías indiferentemente, prosperan solo porque son pequeños, porque todos los ciudadanos se comprometen unos con otros y se mantienen unos a otros, porque los jefes pueden ver por sí mismos el mal que ha sido hecho, lo bueno que debe hacerse, y que sus órdenes sean ejecutadas ante sus ojos. Todas las grandes naciones son aplastadas por su propia masa, gimen, ya sea como vosotros, en la anarquía, o sea bajo los opresores subalternos que una necesaria delegación obliga a imponerles. Solo Dios puede gobernar el mundo, y se necesitan facultades más que humanas para gobernar a las naciones grandes. "

Negar formalmente todas las pretensiones exageradas que el Decenvirato [apelación informalmente dada al régimen de Robespierre y el  Comité de seguridad pública] presentó como el deseo  nacional; declarar que Francia se encerrará dentro de sus límites anteriores, manteniendo algunas plazas obtenidas en la guerra para resguardar nuestras fronteras y ponernos a salvo de las amenazas. Tales deben ser las primeras operaciones diplomáticas del nuevo gobierno de la República Francesa; y como su máxima es no permitir que ningún poder interfiera con su régimen interno, también será su principio no interferir con el de otros pueblos.

Luxemburgo, Mons, Tournay, Nieuwpoort, Kaiserslautern, Germersheim y algunos otros lugares en esta línea de defensa harán nuestra frontera mucho más defendible que si la extendiéramos a las orillas del Rin. Los Alpes, los Pirineos y los mares deben ser los límites de Francia en otros lugares, tomando siempre en las montañas la cuenca de las aguas, por línea de demarcación.(1) Todos los pueblos que estén entre nuestras fronteras y hasta los bordes del Rin deben ser declarados libres e independientes, amigos y aliados de los franceses. Formarán, por así decirlo, un doble recinto inaccesible a los ataques imprevistos de nuestros enemigos; y con su independencia garantizada por Francia, así como por todas las otras potencias beligerantes, su tranquilidad estará asegurada. Luego, bajo la protección de Francia, pronto la libertad (como ocurrió anteriormente en Holanda) producirá un cambio asombroso en la felicidad y la prosperidad de estos pueblos simples y laboriosos.

(1) Quienes deseen convencerse matemáticamente de la fuerza, la excelencia y la adecuación, militarmente hablando, de las fronteras de Francia, como acabo de indicar, pueden consultar a Loyd en su tercer volumen, quinta parte, Londres 1781.


También se estipulará una compensación justa para los soberanos que tienen posesiones en este lado del Rin y que serán compensados por los tres electores de Maguncia, Colonia y Tréveris, que darán a cambio sus territorios a la orilla derecha del Rin. Así suprimidos de hecho, estos tres Electorados no formarán parte del Colegio del Imperio [Romano Germánico]. --Pero ya que no es justo que ningún individuo sea perjudicado en el goce de sus derechos, en la medida en que sea compatible con el interés general, debe darse a los tres electores ingresos suficientes para vivir con holgura y dignidad por el resto de sus días.

La libre navegación de los ríos, es un derecho inalienable que la naturaleza da a los habitantes de los países regados por ellos; la navegación [por] el Lesse, el Sambre, el Mosa, el Escalda, el Mosela y el Rin será común a Francia y a todos los pueblos que tengan posesiones a lo largo de estos ríos. Podrán navegar libremente hasta la desembocadura en el océano.

Pero en la medida que la apertura del Escalda debe retornar a Amberes a su antiguo esplendor y atraerle el comercio y la riqueza de Ámsterdam y otras ciudades holandesas, la nación francesa, no deseando perjudicar a los intereses de sus aliados, haría bien en dar a los Bátavos [holandeses] parte del Marquesado de Amberes, a cambio de la parte holandesa del Flandes marítimo, que los tratados ya han unido a Bélgica. Este intercambio reconciliará los intereses de los dos pueblos, por serles también ventajoso.

En lo que respecta a nuestras colonias, dado que Francia no puede prescindir de sus productos, en los que su manufactura y su comercio se basan, ofreceremos algunas de nuestras islas menos importantes por la parte española de Santo Domingo y por Puerto Rico, que nos serán cedidas a cambio de plazas fortificadas y territorios que actualmente tenemos en España. Sólo con esta disposición podríamos compensar a nuestros infelices colonos por las innumerables pérdidas que la tiranía les ha hecho sufrir. La cesión de estas dos posesiones debe ser poco costosa para España, ya que no obtiene ningún beneficio de estas dos islas, y, por el contrario, el mantenimiento de los embargos y otros gastos le cuestan al Estado considerablemente, por la falta de comercio o cualquier otra industria. Entonces se daría posesiones a aquellos de nuestros hermanos a los que el desconcierto de un momento, o el temor a una persecución atroz, han causado que abandonen su país, y que sin haber nunca levantado armas contra su patria, expían, por largas desgracias, un error momentáneo. Por esta conducta se evitarían los efectos fatales que Luis XIV, con la revocación del Edicto de Nantes, hizo sufrir a toda Francia, al obligar a emigrar al extranjero a una multitud de hombres industriosos, cuyo trabajo enriquecía a su país de origen, que todavía siente su pérdida.

Una paz fundada en esas bases, de alguna manera repararía los errores que los franceses han cometido contra la humanidad. Aniquilaría los efectos funestos del famoso tratado de Westfalia [que había puesto fin a la Guerra de los Treinta años 140 años atrás] y le daría a la parte protestante de Alemania la influencia que siempre debió tener como consecuencia de su educación, su filosofía y su apego a los verdaderos principios de la libertad. Al final, el resultado de esta guerra sería tan provechoso para la raza humana como fue fatal el resultado de todas las anteriores.

Tunc genus humanum positis sibi consulat armis
Inque vicem gens omnis amet.
Virg[ilio].

[Entonces el género humano se cuide de las armas
y cada quien proteja el destino de todos
]

El destino actual de Polonia no debe ser un objeto indiferente a Francia, su existencia política está ligada a sus intereses de lo que comúnmente se cree. Además, luchó valientemente por la noble causa de la libertad, inspirada por Francia, emprendiendo en el norte una diversión [táctica] a su favor. La alianza que Rusia, Austria e Inglaterra acaban de contraer, así como la conducta de Prusia con respecto a la infeliz Polonia, anunciando designios profundos y muy peligrosos para Francia, que sería muy importante examinar cuidadosamente y señalar a tiempo.

Qué respetable sería Francia en el día en que, despojándose de casi todas sus conquistas, estipulara para la humanidad y preparara el camino para la propagación de la sana libertad. Franceses, este hermoso destino aún está reservado para vosotros; realizad vuestros altos destinos; la posteridad pesará un día los crímenes de los que habéis sido culpables, y el bien que esta paz producirá para los hombres os absolverá de vuestros crímenes, sobre la base de vuestras buenas obras.

Las potencias interesadas ​​en este gran cambio formarán un congreso para la ratificación y la ordenación de esos grandes intereses que deben unir a la mayor parte del mundo y que servirán de base, por así decirlo, para su felicidad futura. Allí gozaríais con vuestra sabiduría, vuestra moderación y vuestra justicia, de una consideración más alta que la que vuestras hazañas guerreras y la precaria fortuna de las armas han adquirido para vosotros.

Después de haber asombrado a toda Europa con vuestro coraje, la cautivaréis con vuestra equidad, y le demostraréis a la gente que habéis luchado solo por la defensa de vuestra libertad, ya que tan pronto como ella ya no está en peligro abandonáis generosamente vuestras armas sin pedir reparaciones aún mayores de las que pareciera daros el derecho de exigir a aquéllos que os atacaron con tanta injusticia, sin tener originalmente razones para quejarse en contra vuestra.

FINANZAS.

Uno de los males más terribles que aflige a la nación francesa hoy es el enorme descrédito del papel moneda. Todos los sistemas que uno pueda imaginar para acercar el valor nominal de este documento a su valor real serán ilusorios hasta que se establezca definitivamente un gobierno estable. Por mucho que hiciéramos las paces con todas las potencias de Europa, el papel [moneda] nacional no tendría ningún valor si no diéramos fuerzas suficientes al gobierno. Estamos en una situación similar, en muchos aspectos, a aquélla en que los Estados Unidos de América se encontraban al final de su revolución.

El papel [moneda] del Congreso estaba entonces en el mismo descrédito que el nuestro; y ciertamente no fue el tratado de paz e independencia lo que le dio su valor, sino la constitución definitiva [aprobada en 1787] que aseguró a este pueblo el mayor grado de libertad y felicidad del que ninguna nación ha disfrutado todavía. Las mismas causas producirán en nosotros infaliblemente los mismos efectos. Una constitución sabia basada en los principios de la filosofía y la justicia; un gobierno libre de facciones, recuperará la confianza y obtendrá el crédito que [el país] necesita.

No es la nación más rica la que inspira la mayor confianza, sino la más justa y más ajustada a los principios [de la Ilustración]. Podemos mostrar en vano ostentosos recursos, si no demostramos que junto a la capacidad para satisfacer a nuestros acreedores, tenemos también la firme voluntad de cumplir puntualmente nuestros compromisos. La mala fe hace más daño que la insolvencia; porque un estado pobre puede volver a ser solvente, pero no es común que un gobierno injusto se convierta en observador de sus promesas.

El crédito de un Estado, como el de un individuo, se basa en los medios [de los que dispone] para enfrentar sus compromisos, el poder de la persona que los contrae y la opinión [general] que se tiene de él. Los elementos del crédito son solvencia y buena fe. Pero ninguna de esas cosas puede darse por segura hasta que el Estado haya encontrado una base fija e invariable, es decir, hasta que el gobierno esté irrevocablemente constituido.

En la medida que haya menos arbitrariedad en un gobierno, la confianza de quienes contratan con él es más completa, porque sabemos que es impotente para querer romper sus promesas. Esto ha hecho que el papel moneda de América del Norte sea preferible al de todos los demás países; y también es lo que establece el crédito del de Inglaterra.

Sin entrar en detalles complicados del que Hamilton presentó al gobierno estadounidense, y perfeccionado por las modificaciones añadidas por el Congreso, voy a explicar brevemente las bases de dados este excelente mecanismo.

Hamilton comienza declarando que la [buena] fe de la nación se compromete a pagar esta deuda, y que la justicia exige que [el Estado] cumpla fielmente sus compromisos; da después de una declaración de la suma total del capital de la deuda consolidada, que figura en el libro mayor del tesoro de los Estados Unidos. Propuso al mismo tiempo a los acreedores el intercambio del valor nominal de su papel en las condiciones más ventajosas para ellos, es decir, que la mayor parte de la deuda tuviera un interés de seis por ciento año, y el resto un interés más bajo; de modo que la tasa promedio fue de cuatro y medio por ciento. ----------- Al mismo tiempo, mostró que los ingresos del Estado excederían este interés prometido, y así tranquilizó a los financistas con respecto a su pago. Además, los dejó en libertad de intercambiar su capital contra el crédito realizado en el libro mayor del Estado, en función del valor establecido previamente por la ley estatal, o mantenerlos para ser cancelados de acuerdo con los compromisos anteriores, tan pronto como el Estado, que todavía no tenía para aquel momento suficiente dinero para hacer esos pagos, pudiera hacerlo. Es notable que en el momento en que todos estuvieron convencidos de que la nación tenía los medios para pagar puntualmente y garantizarle a cada acreedor un interés tan alto, no hubo casi nadie que aceptara el intercambio; y de repente, como por arte de magia, estas deudas [vieron su valor que] se había reducido, como hemos dicho más arriba, al diez por ciento, subir unas semanas más tarde al ciento veintisiete por ciento, lo que indica demostrablemente que la buena fe y la sabiduría en la administración de un estado son garantías más seguras en el crédito público que sus riquezas y su tamaño.(1)

(1) Aquellos que deseen ver más en detalle lo que acabamos de decir, podrán consultar el plan publicado por el congreso, el año 1787.


El retorno de la paz, el establecimiento de un gobierno libre y vigoroso, y del crédito público, reabrirán las fuentes de la felicidad de nuestro país; y Francia bendecirá a los hombres que, después de tantos crímenes y desgracias, habrán solucionado este difícil problema: combinar la libertad de un pueblo con la calma y la tranquilidad.

Que estas cortas reflexiones llamen la atención de hombres cultos a estos asuntos importantes; para que al profundizar estos principios y al desarrollar sus ideas sobre la constitución adecuada para Francia, consigan la paz y la tranquilidad que necesita para consolidar su libertad y así establecer la felicidad futura de una nación inmensa que, por su conocimiento, sus maneras y su industria, siempre ha tenido una gran influencia en todos los demás pueblos y, por consiguiente, debe influir en la felicidad de la raza humana.

«Tu, Galle , exemplo populos moderare memento. »


F. MIRANDA.


En París, este 14 Mesidor, año tercero de la República Francesa"