Ley para abolir el Tribunal de la Inquisición en toda la Confederación de Venezuela (1812)

Transcripción por el autor de esta página del texto publicado por José Chocrón Cohén en su libro La identidad secreta de Francisco de Miranda, pp. 216-219, Editorial Alfa, Caracas, 2011. La fuente original es el texto publicado en la Gazeta de Caracas en los días 22 y 25 de febrero de 1812. El autor se permitió incluir algunos signos de puntuación faltantes en el original para facilitar la comprensión del texto transcrito.

"El Congreso de Venezuela creería que no había cumplido exactamente con sus deberes ni correspondido dignamente a la confianza de los pueblos, si al acercarse a su receso y después de haber señalado el período de su reunión con reformas que quizá la posteridad agradecerá, dejase permanecer, aún por algunos momentos ni siquiera, el nombre del terrible Tribunal de la Inquisición. El Congreso que, entre otros deberes, tiene a su cargo el de velar sobre la pureza de nuestra Santa Religión, ha visto después de maduras y detenidas meditaciones que la subsistencia de este Tribunal, lejos de cooperar a tan importante objeto, se opone a él y le embaraza; así es que la Inquisición, que sólo por ironía se pudo llamar defensora y conservadora de la Religión Cristiana, es en su institución, en su conducta y en sus formas, diametralmente opuesta a la dulzura y caridad que caracterizan esta Religión divina. So color de defender el depósito sagrado de la fe, empezó por usurpar a los Obispos estas facultades, armó unos príncipes contra otros y sembró los campos de cadáveres de miserables alucinados. Investida después de todo el aparato judicial, armada del poder de los déspotas, sacrificó con tranquilidad y a sangre fría centenares de víctimas sobre el cadalso y hoguera, usurpando a Dios su venganza, confundiendo el delito, que por atacar a la sociedad humana, debe castigarse con penas temporales, con el pecado que, ofendiendo sólo a Dios, a él solo y a su iglesia toca el castigo con penas espirituales, haciendo creer al pueblo sencillo y fiel que el manso Jesús, nuestro divino Redentor, se complacía con estos horrendos sacrificios, del mismo modo que los Caribes y otras naciones salvajes creen aplacar a sus falsas divinidades inmolándoles víctimas humanas. La Inquisición ha hecho gemir la humanidad, ha despedazado los vínculos más sagrados de la naturaleza; ha arrancado a la esposa de los brazos del esposo y a los hijos del regazo de sus madres; ha sepultado en las llamas a niños inocentes, solo porque persistían con tenacidad en conservar las fórmulas de piedad que sus padres erradamente les habían enseñado; ha erigido cárceles perpetuas en donde, a título de misericordia, encerraba para siempre a los herejes o judíos que abjuraban sus errores. Tal ha sido la conducta del Tribunal de la Inquisición desde su establecimiento; su forma de proceder y juzgar ha sido análoga y los horrores y tinieblas que la cubren hacen estremecer a todo el que ama la libertad y la justicia. En este Tribunal el delator o acusador es desconocido y oculto; en toda la causa permanece el reo sin comunicación, ignora igualmente los testigos y sus nombres y, por consiguiente no puede tacharlos; todos los trámites son sigilosos y particulares; no hay apelación sino de la sentencia de tortura y en la definitiva queda al arbitrio de los jueces consultar en las causas graves, no hay recurso de fuerza de ningún género, no hay más que una sola instancia, en las causas de herejía se empieza con el secuestro de bienes; el reo no puede nombrar su defensor, pues éste es siempre uno de los miserables asalariados que el Tribunal tiene para este efecto; todo, en fin, es espantoso, hasta la forma misma de los castigos celebrados como un triunfo de los autos de fe y, sobre todo, el tormento, el horrible tormento aplicado siempre con la ingeniosa malignidad de suponer al paciente testigo y no reo. Así juzgaban la Inquisición y los tiranos que la protegían con el pueblo que los adoraba; y así hollaban los derechos imprescriptibles del hombre y del ciudadano, fingiendo defender los de Dios, como si unos y otros fuesen incompatibles. Afortunadamente la opinión pública, a veces superior al despotismo, ha templado en parte estos horrores y, aunque no se han dejado de ver en estos últimos tiempos los hombres del primer crédito de España y América perseguidos y oprimidos por la Inquisición, al menos, no se ha ofendido nuestra vista con autos de fe, hogueras y cadalsos. El Tribunal del Santo Oficio ha tenido que limitarse a una opresión sórdida y baja, prohibiendo toda especie de escritos buenos y malos, y dejando únicamente correr los que contribuían a sostener la tiranía, oponiéndose a toda doctrina y enseñanza útil, reprendiendo y castigando al que seguía opiniones diferentes de las suyas y perpetuando por este medio la ignorancia y la superstición. Tal ha sido hasta nuestros días este Tribunal. Venezuela ha debido al desprecio con que la miraban sus antiguos opresores la fortuna de no tenerlo en su seno con todas aquellas formas y aparatos que lo rodeaban en Lima y Cartagena; pero no por eso dejaba de sentir sus funestos efectos. El Congreso, pues, se apresura a destituirlos, destruyendo la Inquisición viciosa que los protegía y fomentaba, y, no quedando satisfechas las sanas intenciones de este Cuerpo con la obediencia de los pueblos, ha querido tranquilizar la conciencia y piedad de estos con la extensa exposición que acaba de hacer. Queda pues extinguido para siempre y en todas las .provincias de la Confederación de Venezuela el Tribunal de la Inquisición.

En consecuencia han caducado todas las comisiones y delegaciones de aquel tribunal en el territorio de la Confederación, cesando desde luego en sus funciones todos los Comisarios, Agentes y Ministros de él.

Quedan igualmente abolidas las leyes que protegían y reglaban este tribunal, como también las instrucciones, reglamentos y usos privativos que lo gobernaban.

En consecuencia de los artículos anteriores, las facultades de conocer en las causas de fe y religión vuelven a su primitivo origen, incorporándose en la jurisdicción Episcopal. Para que esto tenga efecto pásese oficio al Ilmo. Arzobispo y Obispos de la Confederación, a fin de que se forme un reglamento sobre la materia y lo pase al Congreso para su conocimiento y conformidad, en inteligencia que deben servir de bases para este reglamento los principios de que no podrá la autoridad Eclesiástica imponer otras penas que las espirituales, y que el modo de proceder judicialmente será en todo conforme a lo establecido en la declaratoria de derechos de la Constitución Federal.

Comuníquese al Respetable Poder Ejecutivo para su inteligencia y cumplimiento. Dada en el Palacio Federal, sellada con el sello provisional de la Confederación, y refrendada por mí, el Secretario, a los seis días del mes de febrero del año de mil ochocientos doce, segundo de la Independencia.

Fernando de Peñalver, Presidente - Lino de Clemente - Isidoro Antonio López Méndez - Juan José de Maya - José Zenón Briceño - Tomás Milano - Francisco Xavier Mayz - Francisco Xavier Yánez - Juan Antonio Rodríguez Domínguez - Gabriel Pérez de Pagola - José María Ramírez - Man. Palacio - Martín Tovar - José Antonio Freytes Guevara - José de Sata y Bussy - José Vicente Unda - Juan Toro - Bartolomé Blandín - E Policarpo Ortiz - José Ángel Álamo - Juan Germán Roscio. Refrendada - Francisco Isnardy.

Palacio Federal de Caracas, 12 de febrero de 1812. Por la Confederación de Venezuela el Poder Ejecutivo ordena y manda que la ley antecedente se guarde, cumpla y ejecute; que se autorice con el sello provisional del Estado y Confederación; que se publique por bando donde corresponda, y se inserte en la Gazeta.

Cristóbal de Mendoza - Baltazar Padrón - Mauricio Ayala - Tomás Santana, Secretario.

De la Gazeta de Caracas, de los días 22 y 25 de febrero de 1812."