El rompimiento


Catalina II de Rusia

Catalina II de Rusia: sin tomar en Miranda un interés otro que el intelectual y el político, la emperatriz le otorga su protección en los viajes que hace entre 1788 y 1789, y le permite permanecer en Londres con relativa seguridad entre 1789 y 1792

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La situación del hombre que regresa a Londres en junio de 1789 no es la misma de aquél partido cuatro años antes. No sólo ha satisfecho su deseo de observar las distintas costumbres e instituciones de una gran cantidad de pueblos dispersos desde Escandinavia hasta el Asia Menor, sino que vuelve también con la protección de una de las grandes potencias del momento, Rusia. Tras codearse con reyes, príncipes, estadistas, filósofos, escritores, artistas y científicos, su red de relaciones es ahora de las más envidiables y, al mismo tiempo, el contacto con esas personas y sus lecturas le han dado la oportunidad de evolucionar en su pensamiento: el individuo que alguna vez no tuvo reparo en comprar y vender esclavos repudia ahora ese comercio, y tiene una fe inquebrantable en la capacidad del ser humano de progresar en el conocimiento, en lo social, en lo político, y en el cultivo de ese compendio de cualidades espirituales que la Ilustración define como la virtud.


El viaje también le ha dado la oportunidad no despreciable de posicionarse ante diversas audiencias europeas -con legitimidad dudosa, pero con un éxito personal evidente- como vocero de los habitantes de Hispanoamérica. De San Petersburgo a Ginebra, quienes le frecuentan admiran en él a un ser embebido de sueños de libertad y justicia que proclama el derecho de los habitantes de Hispanoamérica a regir su propio destino.


Fortalecido por esa nueva situación, Miranda se aboca desde su regreso a Londres a buscar un contacto con el gobierno inglés para tantear la posibilidad de organizar una expedición militar hacia la América hispana que permita la independencia de ese continente y abra para Inglaterra el comercio con esas zonas. Al mismo tiempo, inicia también gestiones para resolver la situación ambigua que le aqueja desde hace ya varios años, aquélla que se refiere a su condición de súbdito del Rey de España. Personalmente, lleva mucho tiempo caminando entre dos aguas: por un lado sueña despierto con proyectos independentistas para la América española y, por el otro, sigue esperando saber, paradójicamente, si el mismo sistema español del que quiere separarse va a darle finalmente la razón ante las acusaciones de las cuales es víctima. Esta ambigüedad encierra un problema de identidad cuya resolución será crucial para sus futuros actos: si aspira a reivindicar una nacionalidad hispanoamericana, tiene entonces que disociarse, formal e íntimamente, de la ciudadanía que ya no quiere, es decir, la española.


Carlos IV de España

Carlos IV de España: débil de intelecto y de carácter, en 1808 abdicará a favor de su hijo Fernando VII durante la revuelta popular de Aranjuez

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Lógico como puede parecer, este paso implica un gesto de renuncia que presenta grandes dificultades de orden afectivo. Su educación, su instrucción, sus prejuicios, su profesión militar y su vida familiar han sido todos signados por su pertenencia al Reino español. Lanzarse al exilio habrá sido ciertamente más fácil por la persecución de la cual ha sido objeto, pero no será sin dolor que abandone la pertenencia a una sociedad creada y definida por España que le ha llevado a ser quien es. No es solamente con una entidad política que debe cortar los vínculos, sino con un mundo que ha sido suyo y cuyas virtudes aprecia a pesar de sus aspectos detestables.


Sus últimas comunicaciones con Madrid en tanto que vasallo español van a tomar varios meses y se inician pocas semanas después de su regreso a Londres, cuando escribe al Conde de Floridablanca para informarle sobre su viaje y preguntarle lo sucedido con su petición al Rey de 1785; Carlos III había muerto en 1788, siendo sucedido por su hijo Carlos IV. Con toda seguridad se hace pocas ilusiones, pues está al tanto de que el propio Floridablanca había dado instrucciones para negociar su captura a su paso por Rusia, Suecia y Dinamarca, entre 1787 y 1788. Aún así, espera recibir una decisión oficial sobre su caso de parte de las más altas autoridades, en lugar de las respuestas evasivas que ha tenido del embajador Del Campo y otros funcionarios dependientes de la burocracia madrileña.


¿Guarda aún una última esperanza íntima de obtener justicia de parte del Rey, tal como su padre la había obtenido 20 años antes? Es imposible saberlo. Gestos como la publicación del artículo de 1785, el testimonio de amigos como el coronel Smith, y las conversaciones que ya comienza a tener con diversos personeros del mundo político británico son evidencia de que la idea de la independencia está claramente en su espíritu. Sin embargo, su reacción es muy emocional cuando llega la respuesta de Madrid, en abril de 1790, con la exigencia de que viaje a España para ser juzgado. Está "sorprendido y contristado", según Del Campo [1]Polanco Alcántara, Tomás: Francisco de Miranda, ¿Don Juan o Don Quijote?, p. 255, Editorial Ge, Caracas, 1996, quien, tras haber complotado contra él en 1785 (ver Londres), ha terminado por tomar su partido y escrito a Floridablanca para interceder a su favor, sin efecto alguno.


Tras la respuesta de Madrid, Miranda envía una última carta al Rey, acompañada de una nota lacónica a Floridablanca estipulando que "quedan finalmente terminados estos disgustosos asuntos por mi parte; y suplico a Vuestra Excelencia dispense la molestia que por mi parte haya podido ocasionarse." En su misiva a Carlos IV, que en cierta manera es de despedida, precisa que es solamente a causa de las injusticias y persecuciones que sufre que se ve ahora obligado a "escoger una patria que me trate al menos con justicia y asegure la tranquilidad civil." [2]Miranda, Francisco de: Archivo del General Miranda, Tomo VII, p. 53, Caracas, 1930


Es el final de la ambigüedad.